La buena educación: Chiringuitos

 La buena educación: Chiringuitos

José Manuel Vilabella.
Me gustan los chiringuitos, los chiringuitos del sur. Son una rara avis inclasificable en nuestra compleja restauración; empezaron siendo unos chirimbolos levantados con cuatro tablas y a medida que los turistas nos invadieron fueron aumentado de categoría y hoy da gloria verlos. Parecen niños vestidos de primera comunión. No se come bien, las paellas pueden ser un horror pero el viento marino las bendice y las redime de todos sus pecados. Nadie se pone de tiros largos para acudir al chiringuito; es de buen tono ir algo guarrete, con un polo viejo, un pantalón ajado y unas chanclas.

     El momento glorioso del chiringuito se produce al atardecer cuando sientes debajo de la camisa el salitre en la piel, aprietas la mano de la mujer que amas y el camarero te sirve una cerveza fría y un plato de patatas fritas. El amor se junta con la gastronomía, el cuerpo fatigado se repone -se restaura, como diría el divino Brillat Savarin- y se produce la felicidad intensa al mirarte en los ojos de aquella criatura que podría ser tu hija y a la que haces reír con trucos de dandi agonizante. Por un momento, solo por un instante fugaz, te gustaría recuperar la juventud y venderías tu alma por una noche de amor sin restricciones.

     Los otros chiringuitos, los políticos, se hacen, se fabrican, se inventan para proteger a los amigos y darles cobijo en los malos momentos. «Manolo, coño, móntame un chiringuito para sobrevivir, que estoy canino», ruega el que fue antaño gobernador civil y jefe provincial del movimiento. El grito desesperado del colega, del cómplice, hace reflexionar al mandamás y le quita el sueño. «Es tan cortito Serafín, es tan inútil; es un mierda» y la conciencia replica: «Es un mierda, sí, pero es leal; es nuestro mierda». Y ve a Serafín con la mirada fija en el horizonte, la cabeza levantada, el aire marcial, desfilando gallardo portando la bandera del ayer y cantando con fervor los himnos del otrora.

     Los chiringuitos se hacen, se levantan, a sabiendas de que algún día serán destruidos. No hay chiringuitos eternos. Todos tienen la fecha de caducidad marcada a fuego en la piel. A veces es la furia del mar la que se los lleva por delante y en ocasiones las tormentas políticas, el desastre, cuando suenan las trompetas y el sálvese quien pueda. Siempre es la ventolera la que destruye el chiringuito; siempre es el huracán el responsable de todos los naufragios.

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