Los pucheros de Santa Teresa

22-10-2019

Los pucheros de Santa Teresa

Ana Vega Pérez de Arlucea.
La del convento de San José, en Ávila, es una cocina mística. No solo por sus sobrias hechuras monacales, fiel prueba del ascético modo de vida que las monjas carmelitas descalzas llevan allí desde el año 1562; ni por ser una dependencia de clausura, ajena a la curiosidad de los visitantes, sino porque en esa humilde habitación han ocurrido varios episodios de iluminación espiritual o éxtasis. Y aliñados con gracia gastronómica, todo sea dicho.

Si pudieran ustedes entrar en esa austera cocinilla abulense se fijarían primero en sus techos bajos, en sus vigas de madera o en su frugal colección de utensilios de cocina antiguos, pero lo que más acabaría llamando su atención sería un cuadro que ocupa gran parte de la pared. En su esquina izquierda se puede leer una firma que pone «Rizi pict. Regi, M 1676» y muestra una escena culinaria cuya protagonista, arrodillada frente al fuego de la chimenea, sostiene entre sus manos una larga sartén con huevos fritos. En vez de estar atenta a la suerte del condumio, ya suficientemente cuajado, la cocinera mira con expresión arrobada hacia arriba, de donde procede un rayo de luz que la envuelve. Esta obra del pintor barroco Francisco Rizi bien podría pasar por una pintura de género e incluso por un bodegón (ahí están un repollo, un cesto con garbanzos, pan, platos y otros utensilios de cocina) de no ser porque la guisandera, que viste el hábito de la orden carmelitana, representa a la mismísima fundadora de las Descalzas: Santa Teresa de Ávila (1515-1582).

Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada experimentó a partir de 1558 numerosos raptos o visiones espirituales, algunos tan famosos como el episodio de la transverberación y otros mucho más discretos, casi de andar por casa, ocurridos durante el desempeño de tareas tan mundanas como la de freír unos huevos. La escena pintada por Rizi ocurrió en esa misma cocina de San José, que fue el primero fundado por la escritora abulense. La anécdota fue relatada por Isabel de Santo Domingo (1537-1623), discípula y compañera de Santa Teresa, y aparece por ejemplo en ‘Historia del Carmen Descalzo’ (1637) o en la ‘Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen’ (1684). Teresa gustaba de cocinar y lo hacía personalmente cuando, al igual que al resto de monjas del convento y según su calendario de tareas, le tocaba el turno semanal de guisar para las demás. «Quando la Santa avia de hazer algun oficio con otra Compañera, solia escoger à la Hermana Isabel, especialmente la semana que era Cocinera. Siendolo ambas, fueron muchas las vezes que viò à la Santa arrobada entre las ollas; y otra particularmente, que se le quedò friyendo unos huevos con la sarten en la mano sobre la lumbre, y quierendosela quitar no pudo, por tenerla tan apretadamente asida, y assi la ayudò a sustentar, temiendo se vertiesse el azeite, del qual no quedava en aquella saçon otro en la Casa; assi estuvieron ambas gran rato, hasta que bolviendo de su arrobamiento la Santa prosiguiò en freir los huevos» (sic).

Lo milagroso de esto no es tanto el rapto místico sino que los huevos estuvieran comibles después de estar al fuego largo rato. No se crean ustedes que la santa, ensimismada en sus experiencias religiosas, no prestara atención a algo tan terrenal como la alimentación. A pesar de que las reglas de su orden reformada mandaran ayunar -es decir, comer una sola vez al día- de lunes a sábado desde septiembre hasta Pascua de Resurrección y de que prohibieran el consumo de carne salvo en caso de enfermedad o causa mayor, la mística de Ávila veló por que la austera dieta conventual fuera lo más completa y agradable posible.

Los estatutos o ‘Constituciones’ de la vida de las monjas fueron escritos por Santa Teresa antes de 1567, y en ellas pidió que para comer tuviera «la priora y provisora cuidado de que se dé, conforme a lo que hubiere dado el Señor, bien aderezado, de manera que puedan pasar con aquello que allí se les da, pues no poseen otra cosa».

Ella misma ponía todo todo el empeño posible en que la comida estuviera bien sazonada y la semana en que ejercía mando del fogón «hazia este oficio de guisar la comida con tanto aseo, gusto i cuidado como si no huviera nacido para otra cosa». Tan buena mano tenía para guisar que las monjas esperaban con gana su turno como cocinera «por el gran cuidado que ponia en lo que havian de comer, i tenia en esto tanta gracia que de unas yervecitas i cosas desechadas hazia ella guisados mui sabrosos. Dezia que aquella semana andaba pensando como haria mayor el huevo que les daban (que era uno solo à cada Monja) i de que manera sabria mejor lo que guisaba a quien lo avia de comer» (sic).

El día de la gastronomía

Tanto es así que Santa Teresa, patrona oficial de los escritores, también lo es oficiosamente de los cocineros y los gastrónomos, en competencia con Santa Marta de Betania (la que dio de comer a Jesús) y San Pascual Baylón. Cada 15 de octubre, fecha de su fallecimiento, se celebra la festividad de Santa Teresa de Jesús y ese fue también el día elegido en 1972 para festejar el Día Nacional de la Gastronomía. Bajo el patrocinio del Ministerio de Información y Turismo y organizado por la Cofradía de la Buena Mesa -germen de la actual Real Academia de Gastronomía-, esa jornada otoñal fue igualmente seleccionada entre 1974 y 1985 para entregar los premios nacionales de gastronomía.

No está de más recordar, a tan pocos días del 15 de octubre, que aquella mujer nacida hace 500 años pensaba que la cocina era un buen sitio para alcanzar tanto la iluminación como la simple aspiración de hacer felices a los demás. Como ella mismo escribió en sus ‘Fundaciones’, «entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior». Fríanse ustedes unos huevos en su honor, aunque mejor sin arrobamientos.

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