El chocolate que hechizó a un rey

15-10-2019

El chocolate que  hechizó a un rey

Ana Vega Pérez de Arlucea.
El pobre Carlos II el Hechizado (1661-1700) ha pasado al imaginario popular como un tonto del bote, ridículo e incapaz, que llevó a España al borde del desastre. Desde luego no hubiera sido el más listo de la clase, pero la historiografía actual cree que no fue ni tan hechizado ni tan inútil: bajo su reinado la economía nacional se recuperó de anteriores y sucesivas bancarrotas y se consiguió afianzar el dominio español sobre Nápoles, Sicilia o Milán. Claro que esto no lo hizo directamente él (suficiente tenía con sus vómitos, sus ataques epilépticos y su incapacidad para masticar) pero sí validos suyos como el duque de Medinaceli o el conde de Oropesa, grandes reformadores que consiguieron sanear las arcas del Estado para alegría del siguiente rey, el Borbón Felipe V. Carlos II fue el último de los Austrias debido a su incapacidad para engendrar hijos con ninguna de sus dos esposas, María Luisa de Orleans y la pérfida Mariana de Neoburgo, que hizo de su capa un sayo y se aprovechó de la debilidad física y psicológica del rey para vender prebendas, saquear los tesoros reales y fingir once embarazos.

La de Neoburgo fue precisamente elegida como reina consorte debido a la fertilidad de su familia. Su madre había dado a luz 17 veces a lo largo de su vida, pero Mariana jamás consiguió quedarse embarazada de Carlos. Esto dio pie a un gravísimo problema sucesorio que acabó, ya lo saben ustedes, con una guerra que duró doce años, un Borbón en Madrid y Gibraltar en manos de los ingleses. Y todo porque Carlos II no fue capaz de tener descendencia. Débil y enfermizo desde su nacimiento, epiléptico, emocionalmente inestable y estéril, Carlos no era ningún galán. Heredero de la característica mandíbula de los Habsburgo, su acusado prognatismo le impedía masticar con normalidad y ya de niño asustaba de feo, según palabras del embajador francés. Pero como único descendiente varón del rey Felipe IV fue proclamado a los tres años de edad soberano de España y le tocó enfrentarse a la circunstancia de ser jefe del Estado sin estar preparado para ello. Con significativos retrasos en el desarrollo intelectual y psicomotor (no anduvo hasta los seis años, y con diez aún no hablaba ni escribía con corrección), al pobre Carlos se le ha creído víctima de hidrocefalia, hermafroditismo o hipopituitarismo, aunque lo más probable es que sufriera síndrome de Klinefelter, una mutación cromosómica que provoca esterilidad, envejecimiento prematuro, trastornos emocionales y dificultades en el área del lenguaje. Que tuviera un elevadísimo coeficiente de consanguinidad o que su padre fuera tío carnal de su madre tampoco ayudaron.

Las diversas dolencias intestinales del joven rey, acompañadas de aquellos dientes que no encajaban unos con otros, provocaron que su dieta fuera generalmente blanda y compuesta por alimentos considerados medicinales. Afortunadamente para él, en aquel tiempo hacía furor una pócima sabrosa, dulce, nutritiva y vigorizante que se creía prácticamente una panacea para la debilidad: el chocolate. El cacao azteca, conocido en América por Cortés en 1519, se había endulzado, espesado y mezclado con especias de tradición europea para adaptarse a los paladares españoles, y en aquel Madrid de Carlos II era una auténtica obsesión gastronómica. Exótico, caro y delicioso, el chocolate era la bebida de cabecera de todos quienes presumían de ser algo en la corte y a finales del siglo XVII se vendían anualmente en la capital de España cinco millones de kilos de chocolate para hacer a la taza. Una cifra astronómica de la que el monarca era en parte culpable, ya que fue adicto a este brebaje de origen novohispano desde su infancia.

Carlos no solo cayó rendido a los placenteros hechizos del chocolate, sino que se creyó auténticamente hechizado por él. Literalmente embrujado. De ahí le vino el sobrenombre con el que pasó a la historia, porque hubo un proceso inquisitorial público (y notorio en todo el país) contra su confesor por herejía y acerca de los supuestos hechizos que había padecido Carlos II. El pío dominico Froilán Díaz fue nombrado confesor del rey en 1698 y al parecer resultaba más creíble para él que la condición del soberano fuera debida a un maleficio que a la simple lotería genética.

A oídos de Díaz llegó la noticia de que un antiguo compañero de estudios, Antonio Álvarez de Argüelles, servía como capellán del convento de Nuestra Señora de la Encarnación, en Cangas del Narcea (Asturias). Tres monjas de este monasterio estaban «espirituadas» o poseídas por el demonio, de modo que Argüelles las estaba exorcizando y, de paso, conjurando al maligno, con quien mantenía conversaciones a través de las religiosas. La desesperación por el estado de la monarquía era tal que al confesor, ayudado por el Inquisidor General Tomás de Rocaberti, no se le ocurrió otra cosa que pedirle a su amigo que escribiera los nombres del rey y de la reina en un papel, lo pusiera sobre el pecho de las monjas asturianas y preguntara al demonio si alguno de los implicados sufría maleficio.

«Puestas las manos de la energúmena sobre un ara, juró el demonio a Dios que es verdad que el Rey está hechizado, y que se le dio el hechizo en bebida líquida a los 14 años». El diablo concretaba que aquello había ocurrido el 3 de abril de 1675 a través de una taza de chocolate en la que se habían puesto restos de un hombre muerto, «sesos de la cabeza para quitarle el don de gobierno, de las entrañas para que perdiera la salud y de los riñones para corromperle el semen e impedirle la generación». Y no había ocurrido una vez, sino dos, la última en 1694 y por orden de alguien que se podía identificar con la reina Mariana. Carlos II, muy piadoso, se lo creyó todo a pies juntillas y se vio sometido a purgas, dietas repulsivas y exorcismos varios para expulsar la maldición. Pero no dejó de tomar chocolate. Murió el 1 de noviembre de 1700, creyéndose víctima de su mayor placer.

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