Ensaladilla de verano

Ensaladilla de verano

Cuando los primeros conquistadores españoles hollaron el entonces llamado Nuevo Mundo, no vieron otra explicación a la alarmante y generalizada flojera de vientre que asolaba por igual a soldados, clérigos y marinos que una maldición de los paganos dioses incas, una especie de oprobiosa venganza por los desmanes de las huestes invasoras. Así, los Lope de Aguirre, los Francisco de Orellana o los Jaime de Quesada bautizaron tan molesta afección con el nombre de «El mal de Moctezuma». Continuando con la tan humana tradición de quitarse la mierda de encima, más tarde, los ingleses denominaron a las seguidillas «El mal español». Luego la medicina habló de diarrea y por fin, el vulgo, mucho más gráfico en sus expresiones, lo catalogó como cagalera. Así, a secas (Bueno, no tan a secas, ustedes me entienden).

En nuestros tiempos, de multitudinario veraneo playero, chiringuitos de dudosa alcurnia, aperitivos de desconocida edad y mayonesas de ignota genealogía, deberíamos haber bautizado al despeñamiento intestinal como «El mal ruso», siendo así que un porcentaje importante de los des barates de vientre que se producen por estas fechas tienen por origen la llamada ensaladilla rusa. No obstante, y en pro de las buenas relaciones interna cionales, se hace necesario precisar que la denominación ensala dilla rusa procede de la cocina francesa –Nestor Lujan dixit– y es conse cuencia, según cuenta otro investigador, el milanés Marco Guarnaschelli, de «la riqueza de sus ingredientes y su costo excepcional», propio de los aristócratas rusos que holgaban en la Francia de la Belle Epoque.

¿Riqueza de sus ingredientes?, ¿Costo excepcional?, se preguntará el dilecto oyente, acostumbrado a la vulgar y humilde ensaladilla que trasie ga en Casa Paco. Amigos, pero es que ésa no es la ensaladilla que se metian entre pecho y espalda los tales aristócratas. A los ingredientes bási cos como patatas, guisantes, zanahoria o huevo duro, añadiánle fruslerí as tales como langostinos, trufas, esturión ahumado y caviar. Claro que para encagarruciarse no es necesaria tanta ambrosía.

Un mal éste, llámese como se quiera, asaz vergonzante y embarazoso, que amén de inconfesable, se muestra sumamente inoportuno, pues la urgencia de su llamada no admite demora. Así que, si ustedes me perdonan.

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