La sala

La sala

La ascensión a los altares del paraíso gastronómico de los jefes de cocina ha dejado olvidados a otros profesionales de la restauración que son tan importantes, o más, en el empreño de que la experiencia de un comensal sea perfecta. Son los camareros y jefes de sala. Afortunadamente hay grandes profesionales, pero hemos de advertirles de la posibilidad de que se encuentren con algunos tipos muy especiales. Así, tenemos al ‘estirado’. Más tieso que la mojama, cejijunto y como replegado sobre sí mismo, nos recibe parapetado con los brazos cruzados sobre las cartas, que uno no sabe si ha entrado en un restaurante, o en una sala de la Audiencia Nacional. Gesto adusto, porte funerario, habla cortante, aportará cierto aire de cobrador del frac que nos está perdonando alguna deuda. Mucho peor se presenta la velada si uno se encuentra con en especímen de la clase ‘colega’. Huyan de él como de la peste, o dénle un buen corte a primeras de cambio, o convertirá su comida o cena en una sucesión de sonrisas forzadas ante las sucesivas interrupciones gratuitas que sufrirá. Es aquel que nos recibe como si fuéramos su ‘cuñao’ que llega a su casa a tomarse unas cervezas y a ver un derby en la tele, y que se toma las confianzas propias de un cuñado, por tanto. Sanguíneo y expansivo romperá el ambiente que usted tanto había buscado para esa cena. Si llega al extremo de contar un chiste, levántese y váyase. Luego está el tipo ‘untuoso’. De maneras florentinas parece más un cortesano de un reino medieval que un jefe de sala. De mano blanda, algo entrado en carnes , se mostrará como el campeón de la amabilidad hasta llegar a ser empalagoso. En su exagerado servilismo le hará sentir como un potentado explotador o como un concejal de urbanismo corrupto forrado hasta las trancas. Quizá usted lo sea, pero tampoco es la cuestión que se lo recuerden en un restaurante. Y por fin está el tipo ‘asfixiado’. Un agonías que parece permanentemente sobrepasado por el trabajo, aquejado de un permanente ataque de ansiedad que, sudoroso e hiperactivo, nos meterá una inyección de estrés a nuestra velada. Afortunadamente, son los menos. Digo yo.

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