Ser, comer

Ser, comer

El filósofo y gastrónomo Jean Anthelme Brillat-Savarin dijo aquello de «Dime lo que comes y te diré quién eres». Que somos lo que comemos es algo que tiene muy claro cualquier antropólogo. Comer carne está impreso en nuestros códigos ancestrales como especie humana, porque desempeña un papel central en la fisiología de la evolución de nuestra especie. De hecho, el cerebro de los homínidos empezó a hacerse más grande y complejo, en los albores de la evolución humana, cuando el gasto energético dejó de dirigirse en gran parte hacia el estómago, que lo necesitaba para digerir la dieta vegetal de nuestros antecesores. Ese excendente de energía, gracias a que la carne es más digerible y se conforma con un sistema digestivo menos exigente, pudo ser aprovechado por el cerebro. El cambio de alimentación fue el trampolín evolutivo hacia la especie humana. Con el descubrimiento del fuego y el consecuente de la cocción de los alimentos, mejoró radicalmente la dieta de los homínidos y la carne se hizo aún más digerible. Técnicas como el ahumado permitieron conservar las carnes que cazaban y ganar así en autonomía: dejaron de depender de lo que cazaban en el momento y comenzaron a enriquecer su primitiva ‘despensa’.
Ahora, esa directa relación entre comer y ser, se ha comprobado también en el caso del ‘mejor amigo del hombre’. Lo primeros perros podrían haber sido lobos que, a falta de presas, hurgaban en las basuras de las granjas.Así, estos animales carnívoros empezaron a sustituir su dieta por otra de hidratos de carbono, según un estudio que acaba de publicar ‘Nature’. Ese cambio en la alimentación, dicen los expertos, fue fundamental en la evolución del animal salvaje. Finalmente, grupos de lobos acabaron dependiendo de esa nueva dieta, lo que contribuyó notablemente a su proceso de domesticación y a aparición de un animal distinto: el perro.
Recuérdenlo cada vez que se metan un chuletón entre pecho y espalda, o saque a pasear a su mascota.

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