Catering

Catering

Digo yo que veo lógico que nuestro idioma se vea invadido de anglicismos en aquellas áreas científicas o técnicas donde no rascamos bola. Al fin y al cabo, tras el «que inventen ellos» viene el «que nombren ellos», así que ajo y agua. Pero lo que me parece ya el colmo es que al proceso por el cual una empresa especializada te coloca en un congreso o en una reunión de amigos una de callos y tres pepitos de ternera, por un poner se le llame catering. ¡A no, eso si que no!. Porque en cuestiones del yantar la Gran Bretaña nada nos tiene que enseñar, así que no veo la razón para que adoptemos el anglicismo sin más reflexiones.

De entrada, los orígenes de la infiltración en el castellano de esta voz son poco presentables. Se puso de moda gracias a la aviación comercial, que designaba con ella a la empresa dedicada a elaborar, empaquetar, transportar y entregar la comida para los pasajeros. ¡Ah, aquellos menús de Iberia, aquel indescriptible zumo de naranja. Uno, casi deseaba atravesar una zona de turbulencias para ver si el efecto batidora nos ayudaba a la digestión o nos enviaba directamente al servicio del avión.

Las cosas han mejorado bastante, menos en lo del nombre: catering. Esta palabra procede del verbo inglés to cat, que significa ‘abastecer’, ‘proveer de comida’, y catering, por lo tanto, ‘abastecimiento’, ‘servicio de comidas’ o ‘servicio de comedor’.

Introducida en el castellano se ha cargado de un plumazo palabras como aprovisionamiento, suministro, abasto, provisión, abastecimiento, avituallamiento, intendencia.

Pase lo de los aviones, que ahí es todo muy anglo y muy internacional. Pero, hombre, denominar como catering el proceso por el cual Pepe, el del bar Froilán, manda a su chico a casa de la tía Gumersinda para que le lleve una cazuela de caracoles, pues me parece como fuera de lugar, como un chiste de Forges. ¿Se imaginan ustedes que al brigada Romerales se le llamara brigada de catering?. Se hacía objetor, seguro.

Pues eso, dejémonos de catering cuando estemos en tierra. Además, las palabras las carga el diablo. Empezamos llamando así a la comida y acabamos comiento como ellos. Y eso, no, eso sí que no.

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