Tesoro negro

Tesoro negro

Berenjena / LV

Madre putativa de nuestros pistos, receptáculo de una y mil maravillas, sutil y delicioso bocado, la berenjena tiene una de las historias más rocambolescas que pueda contar un vegetal comestible.

Sus orígenes fueron gloriosos. Procedente del este de La India, donde crecía de forma espontánea, la mitología hindú la considera como un regalo de los dioses al pueblo, ya que se entendía que el consumo de esta negra hortaliza proporcionaba paz al alma humana. Comparte, por tanto, santidad con las vacas, aunque no se libre de ser engullida.

Durante los siglos XIV y XV los árabes llevaron la planta a Europa y acabó extendiéndose por todo el Mediterráneo. Sin embargo, sus primeros pasos en Europa no fueron muy afortunados. Quizá su extraño color –¿Cuántas verduras negras conocen?– provocó que se le atribuyeran propiedades que provocaban locura a quien la consumía. Los botánicos de entonces, por ende, la tacharon de tóxica y maligna para el organismo. Y así, la pobre berenjena pasó de los fastos celestiales a ser denominada «manzana loca» y con tal injusto nombre fue catalogada. Vicena, un famoso médico árabe llegó a la ignominia de atribuirle enfermedades de la piel, ser poco nutritiva y causante de ataques epilépticos. Una infamia, vamos.

Pero en el siglo XVII la reputación de nuestra atribulada solanácea empezó a remontar de nuevo. ¿La razón? Pues que empezaron a atribuirle propiedades afrodisíacas, que es lo mejor que le podía pasar. Y es que ya se sabe que las cosas de la entrepierna tienen mucho tirón popular –no hay más que ver la televisión de ahora–. Y claro, a partir de ese afortunado momento, su cultivo se extendió e hizo su entrada triunfal en la cocina de los hogares.

Hoy nos hemos desengañado de su supuesta condición de excitante de la líbido –los de Almagro estarían buenos– lo que no empobrece a sus excelencias gastronómicas, a mayor gloria de nuestros paladares.

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