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Es un vino tinto criado en las cavas románicas subterráneas del monasterio de San Pedro de Cardeña-sí ahí donde se refugiaron las hijas del Cid– en Burgos. Miren ustedes, si hay una receta mágica para elaborar un buen vino es la paciencia. Y de eso, los monjes cistercienses de San Pedro tienen de sobra. Los monjes compran las mejores cosechas ajenas y crian el vino en barricas de roble durante largos meses. El resultado es un vino muy personal, distinto, que ha logrado premios internacionales y que ha sido elegido, por ejemplo, como vino de la casa de un restaurante tan histórico como el madrileño casa Botín. Busquen la cosecha del 98 y verán lo que es un vino criado sin prisa, ajeno a las modas, sin pretensiones de negocio