Tiempo de helados

Tiempo de helados

Helados

Rico, rico. Y sano, sano. El helado, delicioso manjar infantil con el que niños y niñas han visto premiar durante generaciones su positiva respuesta al persuasivo 'si te portas bien...'de los adultos, reivindica desde hace tiempo su condición de alimento saludable más que simple golosina. Y el Departamento de Nutrición y Bromatología (DNB) de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Barcelona ha venido a darle la razón. Su inclusión en la dieta diaria, concluye el estudio publicado recientemente, supone una importante aportación de proteínas y calcio.

«Es un placer que alimenta», enfatiza Diana Roig, secretaria general de la Asociación Española de Fabricantes de Helados (AEFH), que señala la «notoriedad científica» del equipo al que encargó esa investigación, encabezado por el director del DNB, Abel Mariné. «Es un buen alimento», asiente el presidente de la Asociación de Heladeros y Horchateros de la Comunidad de Madrid, Guillermo Castellot, quien añade que su especialidad, el helado artesano, «tiene todas las vitaminas menos el hierro» y que, «aparte de su calidad tan buena por la leche y la fruta que lleva, es un buen postre al alcance de todos los bolsillos».

Virtudes que, sumadas a su tradicional carácter de dulce «refrescante», han ido calando entre los españoles y lo están liberando –aunque sea «poco a poco», como reconoce Roig– de su estacionalidad veraniega para convertirlo en un producto de todo el año. «Todavía no estamos del todo educados para consumir helados fuera de temporada», añade Castellot, «y es frecuente que en días nublados no se tomen ‘porque hace malo’. Pero ya vamos acostumbrando al cuerpo a comerlos en cualquier mes».

De hecho, es precisamente en los países de climatología más severa donde gozan de mayor aprecio en Europa. A juicio de Roig, la elevada «cultura de productos lácteos» y la consecuente ausencia de estacionalidad explican la delantera nórdica en el consumo de helados (14-15 litros por persona y año) sobre los templados países mediterráneos. En el caso hispano, además, «tenemos un competidor muy bueno, que es la fruta». En los dos últimos años, el consumo en España ha oscilado en torno a los 6 litros por persona y año, por encima de Portugal y Grecia, ligeramente por debajo de Italia y Francia y bastante lejos aún de Alemania y Dinamarca.

Pero la cifra sigue aumentando poco a poco –Castellot cree incluso que «debemos estar ya sobre los 8 litros»–, y el estudio del DNB de la Universidad barcelonesa puede servir para apuntalar ese sostenido crecimiento. En palabras de Abel Mariné, «es un plato en que es fácil destacar sus valores positivos» y justificar su inclusión en la dieta habitual, debido a su aportación de nutrientes esenciales para el organismo.

Aumento de temperatura

Entre las bondades nutritivas del helado, la investigación destaca el suministro de calcio (80-135 miligramos por cada 100 gramos), proteínas (3,5-4 gramos) y de vitamina B2. El primero es vital en las etapas de la infancia, la adolescencia y la vejez, y también lo es para mujeres embarazadas y madres lactantes. En cuanto a sus proteínas, y muy especialmente la de la leche, que es la base fundamental del producto, incluyen en su composición aminoácidos esenciales que favorecen la buena digestión del alimento. El aporte energético (150-300 kilocalorías) es evaluado como «medio», y el contenido de colesterol, moderado.

Desde la industria, en fin, se pone también el acento en los «falsos mitos» aclarados por el estudio. Como subraya Roig, el helado «no causa daño a la garganta ni al aparato digestivo», porque «al meterlo en la boca se atempera» y acaba llegando al estómago a la propia temperatura corporal; la única precaución es no tragarlo con excesiva rapidez. Su cantidad de azúcar –energéticamente útil, por otra parte– no se considera excesiva, como tampoco su riesgo de provocar caries o dolor de cabeza migrañoso.


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