Pimientos
Ahora es tiempo de pimientos frescos, incomparablemente mejores que los de conserva, a los que sólo procede echar mano como salvavidas gastronómico. Y a nada que nos queramos agasajar, será preciso adquirir unos cuantos del cristal, piquillo, pico, morrones, etc. Lo importante es que sean frescos. Después de lavarlos, por aquello de los insecticidas –es mejor limpiarlos con un trapo húmedo y secarlos–, se depositan en una bandeja de horno. Se introducen en éste cuando ha alcanzado los 100 grados –nunca por encima– y se dejan hacer durante siete horas. No es preciso darles la vuelta.
Tampoco hay que preocuparse por el tiempo: los pimientos no se quemarán, incluso, si se retrasa usted sesenta minutos más. Es posible que salgan todavía más concentrados, ya que, al deshidratarse, queda la esencia.
A continuación, se sacan y eliminan el rabo y la piel, que saldrá de una vez. Luego, hay que despepitarlos minuciosamente y sazonarlos con sal: los pimientos están listos para aliñar con una suave vinagreta. También pueden hacerse unos minutos más en la sartén con un poco de aceite; todo depende de que los queramos emplear como ensalada, con unos huevos con patatas fritas o como guarnición de una chuleta.
No hay sistema más seguro ni con mejor resultado para los pimientos rojos frescos. Así se mima el producto.