Lechuga, ya no sólo en primavera

Lechuga, ya no sólo en primavera

Lechuga

La lechuga es una hortaliza consumida a nivel mundial y cuyo cultivo se ha extendido de forma asombrosa. Se duda, no obstante, de su lugar de origen, puesto que algunos investigadores sitúan su punto de partida en la India mientras que otros expertos señalan la cuenca mediterránea, siendo ésta la opción con la que coincide la mayor parte de los estudiosos. Los persas apoyaron la extensión de la lechuga por la costa europea, llegando primero a las tierras griegas y, después, a la floreciente cultura romana.

El cultivo de la lechuga comenzó hace 2.500 años. Era una verdura ya conocida por persas, griegos y romanos. Estos últimos tenían la costumbre de consumirla antes de acostarse después de una cena abundante para así poder conciliar mejor el sueño. Además, en esta época ya se conocían distintas variedades de lechuga. En la Edad Media su consumo comenzó a descender, pero volvió a adquirir importancia en el Renacimiento.

Las primeras lechugas de las que se tiene referencia son las de hoja suelta, mientras que las variedades acogolladas no se conocieron en Europa hasta el siglo XVI. Dos siglos más tarde se obtuvieron numerosas variedades gracias a los estudios llevados a cabo por horticultores alemanes. En la actualidad, la lechuga es una verdura cultivada al aire libre en zonas templadas de todo el mundo y también en invernaderos.

La lechuga tiene su mejor época en primavera, aunque en la actualidad podemos consumirla durante todo el año gracias a los cultivos de invernadero.
Cuando se desee adquirir una lechuga se han de escoger las variedades de temporada. Serán más sabrosas y nutritivas que las de cultivo en invernadero. Es preferible seleccionar los ejemplares que presenten un color verde brillante, tono que en la mayoría de variedades oscila de verde intenso a claro.

Si se va a comprar una lechuga de tipo iceberg o romana, conviene elegir aquellas que tengan hojas tiernas pero firmes. Si se prefieren otras variedades de lechuga, sus hojas tendrán que ser más blandas, pero sin estar marchitas. La lechuga que se vaya a adquirir no ha de tener las puntas de las hojas quemadas ni los bordes de color pardo. Si bien la decoloración de las hojas exteriores de la lechuga no afecta a su calidad, es preferible desechar aquellos ejemplares con una decoloración muy marcada porque es señal de que está deteriorada.

Hay que evitar comprar lechugas que presenten forma irregular o protuberancias, ya que significa que su tronco se ha desarrollado demasiado.

Debido a su alto contenido en agua, no existe ningún método que garantice la conservación de la lechuga en buenas condiciones durante un largo periodo de tiempo. Una vez en casa, se desechará cualquier envoltorio que impida que la lechuga pueda respirar, además de retirar las hojas que estén en mal estado para que así no puedan estropear al resto. De este modo, las lechugas se conservan en el frigorífico una semana. No son aptas para congelar.

Es aconsejable conservarlas sin lavar, y si se lavan han de consumirse en uno o dos días. Conviene mantener la lechuga aislada del resto de verduras y frutas, para evitar su rápido deterioro. La lechuga es un alimento que aporta muy pocas calorías por su alto contenido en agua, su escasa cantidad de hidratos de carbono y menor aún de proteínas y grasas.

En cuanto a su contenido en vitaminas, destaca la presencia de folatos, provitamina A o beta-caroteno, y vitaminas C y E. La lechuga romana cultivada al aire libre es la variedad más rica en vitaminas, mientras que la iceberg es la que menor cantidad de vitamina C presenta. Las leyendas le otorgan cierto poder sedante. La realidad es que la lechuga puede calmar el nerviosismo gracias a la cantidad de lactucarium que posee. Por su composición nutricional y riqueza en enzimas, la lechuga tomada como entrante facilita la digestión de la comida y tonifica el estómago.

Su contenido de fibra le confiere propiedades laxantes. La fibra previene o mejora el estreñimiento, contribuye a reducir las tasas de colesterol en sangre y al buen control de la glucemia en las personas que tienen diabetes. Genera una sensación de plenitud, lo que beneficia a las personas que llevan a cabo una dieta para perder peso. La mayor parte de la fibra de la lechuga es celulosa. Para digerirla mejor conviene masticarla y ensalivarla bien.

Su uso en la cocina. Su papel en la cocina ha quedado reducido tradicionalmente a la preparación de ensaladas y como guarnición en bocadillos de ingredientes vegetales. Actualmente se usa para hacer purés o salsas, en preparados que necesitan horno, e incluso en postres. En el frigorífico irá perdiendo frescura. Por eso, una semana es la fecha límite para que no se estropee. Después de lavarla, al escurrirla es preferible envolverla con un trapo y sacudirla. Existen centrifugadores especialmente diseñados para ello. Se debe esperar a aliñarlas en el momento previo a consumirlas para que no pierdan frescura. Las hojas rizadas saben mejor con aliños fuertes. Los cogollos son una variedad de lechuga de sabor más pronunciado y textura crujiente. Además de preparar sabrosas ensaladas, se puede acompañar a los cogollos con diferentes alimentos como anchoas en conserva, queso fresco, salmón ahumado, ajo picado, espárragos, atún o aliñarlos con una salsa vinagreta.

Antes de consumir la lechuga, es importante lavarla siguiendo unas pautas de higiene muy sencillas. Hay que retirar las hojas en mal estado. A continuación se corta el tallo y se separan las hojas para después sumergirlas en agua con unas gotas de vinagre o lejía y así eliminar la tierra y los insectos que pueda tener. Después se lavan una a una cuidadosamente. Las hojas no deben ser cortadas ni aliñadas hasta el momento de su consumo. Para evitar pérdidas de vitaminas se aconseja añadir zumo de limón o vinagre. Si en el aliño se ha utilizado demasiado vinagre, se puede añadir a la ensalada unas bolitas de miga de pan para que absorban el exceso de vinagre. Pasados diez minutos se retira el pan, se añade un poco de aceite y de ese modo se arregla la ensalada.

La lechuga es un alimento de sabor suave y agradable, por lo que no debería ser difícil de incluir en la alimentación de los niños. Suele ocurrir que las ensaladas que se elaboran en casa, por lo general compuestas de lechuga, tomate y pocos ingredientes más, no resulten atractivas para los más pequeños. Por ello hay que intentar elaborar ensaladas originales que contengan diferentes tipos de alimentos, por ejemplo, pasta, arroz, queso fresco, frutas, atún, carne, huevos e incluso frutos secos. En ocasiones se puede sustituir el aliño de aceite de oliva, sal y vinagre por una salsa de yogur, mayonesa o salsa rosa y preparar una refrescante ensaladilla rusa, que en general es un plato de gran aceptación entre los más pequeños.

VARIEDADES

Lechuga Batavia: su color verde se convierte en rojizo en los extremos de las hojas. Es una variedad de lechuga con repollo.

Lechuga butter-head o mantecosa: incluye otras variedades de lechuga como la Big Boston y la Bibb. Es muy similar a la lechuga Iceberg, pero de menor tamaño.

Lechuga iceberg: su forma es redonda y sus hojas grandes, prietas y crujientes, verdes por fuera y más blancas conforme se acercan al tronco. Presenta forma de repollo.

Lechuga hoja de roble: sus hojas son onduladas y de tonalidades verdes y marrones. Es una variedad acogollada.

Lollo rosso: se trata de una lechuga rizada, de color rojizo y sabor amargo. Su origen es italiano.

Lechuga romana o española: es una variedad con tronco ancho, alargado y erguido. Sus hojas son de color verde oscuro y se agrupan de forma poco apretada alrededor de un tronco, sin formar un verdadero cogollo.

Cogollos: son lechugas de tallo pequeño que forman una cabeza parecida a la de la col. Los que más destacan son los de Tudela, variedad muy cultivada en toda la Ribera del río Ebro.


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