De siegas y autovías

28-07-2016

De siegas y autovías

Caius Apicius. EFE.
Viajo de Madrid a mi ciudad natal iba a decir que por carretera, pero no: por autopista y autovía, que no es lo mismo; no cabe duda de que son mucho más seguras y se circula más rápido, pero tampoco de que son incomparablemente más aburridas.

Quienes tengan edad recordarán la ilusión con la que se buscaba un sitio para comer siguiendo las recomendaciones de otros viajeros, o se estaba alerta para localizar restaurantes "de camioneros", donde era fama que se comía bien, abundante y a buen precio, aunque la cosa tuviera mucho más de leyenda, que entonces no se llamaba "urbana", que de realidad.

¿Se imaginan hoy a alguien recomendando un área de servicio para comer en serio?

Antes pasabas pueblos, veías paisajes. Ahora ves un letrero a la entrada de un viaducto que pone "río Sil", y te lo imaginas. En la A-6 sólo se ven el Duero en Tordesillas y el Miño (fijándose mucho) en Rábade; el Esla, el Órbigo, el Sil... están tras los parapetos de los dichos viaductos.

En fin, la seguridad y la velocidad tienen un precio que todo el mundo paga -hemos pagado- encantados, así que me dejaré de absurdas -pero sabrosísimas- nostalgias de carretera nacional.

Los campos de Castilla, por las provincias de Valladolid y Zamora, estaban recién segados. Un espectáculo. La siega, que probablemente fue el más duro de los trabajos del campo, era también, con la vendimia otoñal y la matanza invernal, una fiesta de vida, de esperanza.

Así el folclore español, y no español, está lleno de referencias a la siega y a los segadores. Cuadrillas de segadores que viajaban a Castilla en la calurosa época de la siega, condenados a pasar el día agachados bajo el sol cortando espigas con la hoz; segadores muchas veces gallegos, cuyas cuitas cantó como nadie Rosalía.

Trabajo duro, sí; y también alegría. Vida, ya decimos. "Una mañana muy tempranico salí del pueblo con el hatico", cantan las espigadoras de "La rosa del Azafrán", del maestro Guerrero, con libreto que fue una adaptación libre de la obra de Lope "El perro del hortelano".

Las muchachas lamentan "levantarse y volverse a agachar todo el día a los aires y al sol" para recoger las espigas olvidadas en los surcos. Pero están encantadas de la compañía de los segadores: "no arrebañes los campos de mies, que después de las hoces voy yo", cantan.

Hoy las cosas se han simplificado... pero, como las autopistas, tampoco tienen el mismo espíritu. ¡Cómo va a inspirar sentimientos festivos, y menos aún amorosos, una segadora mecánica, una trilladora...! Con las máquinas no caben tertulias, ni flirteos. Digo lo mismo que antes: esto es mucho mejor ahora, pero ha perdido casi todo su encanto.

Hablaba antes de las tres fiestas de la vida: la siega, que garantiza el pan; la vendimia, que asegura el vino, y la matanza, que garantiza un aporte cárnico. Trigo en el silo o el hórreo, vino en la bodega, piezas de cerdo a secar en el fayado... El campesino lo veía y tenía una razonable confianza en sobrevivir un año más.

Por eso las fiestas de la siega, la vendimia y la matanza eran comunales, gozosas, quizá báquicas, seguro que amorosas; cuántas parejas se perdían en la era durante la siega...

Sigo el viaje, dejando atrás los campos de cereal, y me interno en la Maragatería. Aquí hay un ejemplo claro de lo que decía más arriba. En Celada de la Vega, a pocos kilómetros de Astorga en dirección Madrid, había un establecimiento, el 'Mesón Quiñones', que era parada obligatoria en este trayecto. Era un punto de encuentro entre coruñeses en viaje de o a Madrid.

Un lugar que se agradecía más cuando se iba hacia Madrid, porque en sentido contrario precedía a los puertos, entonces nada fáciles y sí muy exigentes para el conductor, del Manzanal y, sobre todo, Pedrafita. Mejor recalar en 'Quiñones' una vez pasados los puertos, para disfrutar de sus inolvidables alubias de la tierra, de sus filetes de cerdo adobados...

Hoy, áreas de servicio. Las hay muy dignas para salir del paso, que es a lo único que aspira hoy el usuario de las vías rápidas. Queda alguna excepción gloriosa, como la barra del 'Landa', llegando a Burgos desde Madrid, escala que nunca perdono cuando subo al País Vasco o regreso a casa; ahí está aún refugiado el viejo espíritu del placer gastronómico en carretera.

Lo demás... les remito a lo que ya adelantaba Julio Camba en 'La casa de Lúculo' sobre el panorama desolador, paisajística y gastronómicamente considerado, de las autopistas.

Camba se mostraba convencido de que las carreteras habían dado a la cocina regional, a la comida en ruta, la vida que les había arrebatado el ferrocarril, pese a aquellas estaciones que eran parada y fonda, tan bien descritas por Emilia Pardo Bazán en 'Un viaje de novios'. Pero Camba supo ver lo que traería el futuro. Cuánto lamentaría hoy haber acertado.


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