Hablemos de albariños

06-08-2015

Hablemos de albariños

Caius Apicius. EFE.
Cuando, hace ya más de sesenta años, a un grupo de gallegos entre los que se contaban Álvaro Cunqueiro y José María Castroviejo, se le ocurrió montar una fiesta en torno al vino de albariño no podía ni imaginar el auge que tomaría esa fiesta ni, mucho menos, cómo iba a evolucionar el vino festejado.

No me voy a remontar a los tiempos de ambos escritores, sino a algo menos de la mitad, al momento en el que por fin surge, tras no pocas dificultades, la Denominación de Origen 'Rías Baixas'. A fuerza de hacer las cosas bien, el albariño se situó en la elite de los vinos blancos europeos.

Pero todavía no éramos conscientes de hasta dónde podía llegar la uva albariña. Por entonces, incluso institucionalmente se presentaba el albariño como 'vino del año'. Se aconsejaba, en los restaurantes, rechazar toda botella que no fuese de la cosecha inmediatamente anterior. Era, ya decimos, un vino joven, en cuya capacidad de envejecimiento no parecía creer nadie.

Nadie, salvo el benemérito y añorado Santiago Ruiz y, entre otros pocos, yo mismo. Bebíamos albariños de dos, de tres años. Y estaban estupendos. Crecían bien, aunque no seguían creciendo mucho más. La madera, salvo muy contadas excepciones, no les sentaba muy bien. Y a mediados de los 90 vino la revelación y la revolución: Marisol Bueno, entonces presidenta del Consejo Regulador, sacó al mercado un albariño que se había criado sobre lías, en acero, tres años. Entonces el albariño alcanzó una nueva dimensión: era, efectivamente, un grande de Europa.

Ahora conviven los albariños jóvenes con los albariños asentados. Son diferentes, y hay que saber cómo y con qué hay que beberlos. Los jóvenes, con su carácter básicamente frutal y su acidez notoria son compañeros perfectos para mariscos en sus preparaciones más sencillas, incluso para los que no requieren más preparación que abrirlos: unas almejas, unas ostras...

Perfectos para mariscos abiertos 'al vapor', como los mejillones o los berberechos; ideales para mariscos cocidos: camarones, cigalas, nécoras, centollas... Aportan una frescura que limpia la boca y la deja lista para la pieza siguiente o, en caso de centolla, el bocado siguiente. Maravillosos.

Los albariños de 'tercer año', en cambio, son vinos más complejos, con más cuerpo, con más conversación, en los que la frescura y la frutosidad dejan paso a notas más complicadas, más de blanco maduro. Ideales para preparaciones también más complejas, como mariscos y pescados guisados, salseados. Ya no se trata de limpiar la boca, sino de complementar el juego de sabores. Son vinos grandes, y a un vino grande cabe pedirle algo más que frescura y aromas frutales y hasta herbáceos. Aquí hay más cosas, que piden pararse a reconocerlas, a apreciarlas.

Como cada año, se han celebrado las catas ('prima' y 'derradeira') para elegir los tres mejores. No es fácil: este año, por no ir más lejos, los catorce vinos finalistas se movían en una horquilla muy reducida. Eso sí, tras dos o tres años achacándoles falta de acidez, este año tuvimos acidez para dar y tomar. Pueden considerarlo un defecto, pero esa acidez fija subraya esa frescura que se espera del albariño joven. De todos modos, hay que decir que la calificación oficial de esta añada fue 'buena', es decir, le han dado un aprobado. Pero disfrutaremos de ella, aunque será mejor esperar al año que viene y, de momento, seguir bebiendo el 2013.

No sé cuál será el futuro de los vinos de las Rías Baixas; deseo de todo corazón que no les afecte para mal el éxito, como sucede tantas veces. Pero, ocurra lo que ocurra, los futuros historiadores del vino tendrán que proclamar que esos vinos, además de cambiar para mucho mejor la imagen de las Rías Baixas, su economía y hasta su paisaje, han sido el despertador de los demás vinos gallegos, que dormían un autocomplaciente sueño hasta que Rías Baixas surgió como un ciclón renovador.

Antes, los albariños de las Rías Baixas eran 'el' blanco de Galicia; ahora son 'un' blanco de Galicia. El Ribeiro, Valdeorras. Monterrei y la Ribeira Sacra han espabilado, y cómo. Magníficos blancos de treixadura o de godello, bien vinificados, elegantes. Esto no hubiera sucedido sin el bombazo que supusieron los modernos albariños, auténtica locomotora de los vinos gallegos.

Así que cuando, dentro de cien años, los historiadores del vino, si sigue habiendo vino y sigue habiendo historiadores, hablen del albariño de las Rías Baixas tendrán que darles el mérito de poner al vino gallego en el lugar que se merece. Que no es poco. Yo, como amante del albariño, estoy encantado de que la competencia alcance niveles muy altos. Pero llevo nada menos que nueve trienios catando albariños del año en Cambados y, qué quieren que les diga, cada año me gustan más. Aunque la cosecha del año no pase del aprobadillo.


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