Tocino o cordero: la clave de las cruzadas

17-04-2015

Tocino o cordero: la clave de las cruzadas

Caius Apicius. EFE.
¿Cordero o cochinillo? O, por decirlo al estilo local, ¿lechazo o tostón? Esta es una disyuntiva que puede plantearse un madrileño el fin de semana, a la hora de planificar una escapada dominical a un buen horno de asar; el asado que elija decidirá su ruta y destino: Arévalo, Segovia, Sotosalbos, Sepúlveda, Peñafiel, Campaspero... y más.

Una disyuntiva, como ustedes comprenderán, bastante inocua, porque además ambas opciones son, en Castilla la Vieja, espléndidas. Pero hubo un tiempo, un lugar, en el que la opción entre cochino y cordero no fue tan inocente y tuvo unas consecuencias muy importantes.

Centrémonos. Como es sabido, dos de las tres religiones 'del Libro' (judaísmo e islamismo) vetan a sus practicantes la carne de cerdo, que, en cambio, el cristianismo permite y hasta llegó a fomentar en tiempos como el Siglo de Oro español como prueba de identidad de un cristiano viejo.

Los semitas (recordemos que tan semitas son los nietos de Abraham por la vía de Ismael como por la de Israel), en cambio, prohibieron comer cochino. Tiene bastante lógica la prohibición judía, adoptada en su día por los musulmanes. Ambos pueblos, árabe e israelita, vivían una existencia más bien nómada, en un terreno no excesivamente fértil. El cerdo no les servía para nada. Bueno, sí: para comerlo. Pero nada más. Y encima el cerdo no es herbívoro, no pace ni rumia, sino que es omnívoro, como nosotros, y necesita agua. No les compensaba.

Hubo, en la Edad Media, unas campañas que conocemos con el nombre de Cruzadas. El teórico objetivo era recuperar los Santos Lugares. Y para allá que se va lo mejor y lo peor de Europa, al grito de "¡Dios lo quiere!". Los musulmanes, en cambio, jugaban en casa. Y los judíos asistían más o menos impertérritos a estas cuestiones... salvo cuando los cruzados, para entretenerse, acababan con toda una comunidad judía de paso que iban a Jerusalén.

El abastecimiento de un ejército en campaña siempre fue una de las mayores preocupaciones de los estrategas; no bastaba con aprovisionarse sobre el terreno, había que planificar una intendencia. Y los cruzados lo tenían difícil, por no decir que imposible.

La principal fuente de proteínas animales de las clases populares europeas era el cerdo. Normalmente, salado, pues se mata en noviembre y las provisiones han de durar todo el año. Así que los cruzados cargaban con toneladas de tocino salado, porque tenían la certeza de que en el territorio al que se dirigían no iban a encontrar un cerdo ni para un anuncio, lo que imposibilitaba ese aprovisionamiento sobre el terreno habitual en campañas cortas.

Claro, el clima del Próximo Oriente no es el más indicado para conservar carnes saladas: se estropeaban, con las consecuencias que pueden imaginarse para la salud de sus consumidores: disentería o hambre. Una elección nada atractiva.

En cambio, los musulmanes hacían seguir sus ejércitos de rebaños de ovejas, que les suministraban leche y corderos. El cordero es un animalito de frecuente presencia en los textos bíblicos y coránicos. Así que los cruzados debían atenerse a carne salada no siempre en buenas condiciones, mientras que los musulmanes disponían de carne fresca.

Pero había algo más. Todavía algo más. En varias aleyas del Corán se sataniza el consumo de alcohol: "Satán sólo pretende fomentar la enemistad y la envidia entre vosotros por medio de las bebidas alcohólicas" (Corán, 5, 90-91). Los francos o rumíes, como llamaban a los cristianos los mahometanos, no renunciaban al alcohol ni siquiera en vísperas de la batalla, al contrario. Así que es fácil imaginarse el panorama.

De un lado, tropas que defienden su tierra, bien alimentadas y perfectamente sobrias; de otro, los invasores, con problemas gastrointestinales y con unas resacas monumentales, Pasó... lo que tenía que pasar: las Cruzadas fueron un fracaso con consecuencias colaterales, como la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos, el cierre de la vía terrestre hacia las especias, problemas en la ruta de la seda y un montón de cosas más que arrastramos hasta nuestros días.

Mientras, por aquí, es primavera y Castilla la Vieja (el nombre histórico de la región me gusta mil veces más que el político de la Comunidad Autónoma) espera con sus deliciosos lechazos y sus no menos gratificantes tostones. Elegir una u otra sabrosísima especialidad, regada con un excelente vino del Duero, no tendrá las trascendentales consecuencias de las Cruzadas; todo lo más puede ser motivo de unos minutos de discusión familiar y luego, en función de la decisión, de introducir estos o aquellos datos en el navegador de nuestro automóvil. Que, como Homero llamaba al océano "fértil en peces", nosotros podemos llamar a Castilla "rica en asados". No se los pierdan.


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