Restaurante El Jumillano. Alicante

18-08-2004

Restaurante El Jumillano. Alicante

Miguel Pérez Mejías, en uno de los comedores de El Jumillano. / J.M.G

POR: JOSÉ MARÍA GALIANA

Miguel Pérez Mejías llegó a Alicante cuando tenía siete años y desde entonces no ha dejado de ondear la bandera de su tierra natal, Jumilla. Pionero de la larga nómina de restauradores murcianos que se han establecido en la millor terreta del mon, (Valencia 11, One One, Racó del Pla...), la barra de El Jumillano es un canto a la cantidad, diversidad y calidad de las tapas frías y calientes, empezando por «su majestad» el jamón de Joselito, la hueva de atún y una mojama de Barbate que sabe como la de antaño: antes sólo había mojama de junio a septiembre, las demás son sucedáneas.

Del segundo apartado es imprescindible comer las ilustrísimas croquetas de bacalao, tan ricas como las de jamón, las manos de cerdo, el pincho de champiñón, las albóndigas o el rabo de toro, que cuenta con numerosos adictos.

Departir a pie de barra con Miguel, observando las paredes llenas de imágenes taurinas, la máquina de hacer agua de seltz (agua mineral gaseada) y la torre de cerveza Estrella de Levante, es una grata experiencia: «Antes de la gerra civil mi padre, Paco El Carrasco, trabajaba como corredor de vinos en Jumilla, y se iba a la entrada del pueblo a esperar a los clientes, entre ellos Pepe el del Rincón, que venía en un carro con una barrica de mil litros. Dos años después, con el nombre de La Viña Jumillana, montó en este mismo local un negocio de venta de vinos y aceites de Jumilla, que por entonces se cotizaban, respectivamente, a 50 céntimos y a 1’55 pesetas el litro. En 1941 adquirió el local anejo, agregó una barra y lo llamó Parador Jumillano, enunciado que hubo de cambiar en 1960, cuando Fraga creó los Paradores de Turismo».

Jumilla es una referencia constante que surge en las ensaladas, los entremeses y los revueltos, sin excluir el gazpacho jumillano de los jueves, un fijo en el apartado de platos caseros: lunes, fabada; martes, potaje de garbanzos; miércoles, olleta alicantina, viernes, rabo de toro; y sábado, marmitaco.

La esencia de una casa de comidas se ha conservado en tan entrañable establecimiento: la pulcritud, los jamones que cuelgan del techo, una barca con lebrillos cuajados de verduras, frutas y pescados del día, el sabor ancestral de los guisos, el punto de fritura, los postres caseros, las fotos, las pinturas y la cartelería mural taurina, los montaditos, las banderillas, la afabilidad de los camareros, la prolija carta de vinos y la complicidad de una jugosa clientela.
Miguel, que lleva 62 años en el negocio, dice que su padre tardaba cuatro días en traer un carro de vino desde Jumilla, y una jornada cuando iba de vacío. «Vino sin agua», se especificaba entonces en un cartel.


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