Comer de oidas

05-12-2002

Comer de oidas

Siempre hemos pensado que toda opinión emitida por un crítico gastronómico ha de ser refrendada por el lector. El receptor del mensaje debe primero establecer el grado de credibilidad; luego, el nivel de sintonía –en función de paladares, culturas y anhelos–; y, en tercer lugar, reflexionar sobre la visión y argumentos que se exponen, eje del debate culinario que rebasa honestidades y gustos. Claro que esta teoría es muy válida sobre el papel, porque la realidad es otra: hay muchas mesas sin mantel que se adornan sólo con papel.

Esa es la deducción que sacamos cuando un chef nos convenció del poder del periodismo gastronómico, que supera la constatación de una opinión. La inmensa mayoría de los lectores jamás acudirá a un restaurante; tan sólo tendrá una visión leída del mismo. En otras palabras, aquel que se embebe de artículos sobre cocineros, vinos, etc., sin probar un plato ni tomar una copa acaba por tener una visión ajena y no contrastada de la realidad. Son los teóricos sin práctica; gentes que hacen afición.

Hay que ser muy respetuoso con tantos y tantos seguidores gastronómicos que se equivocan, simplemente, por repetir mensajes que no han tenido la posibilidad de comprobar: tienen buena voluntad. Sin embargo, no debemos mostrarnos tan comprensivos con los entendidillos doctorales, eruditos que se han comido el mundo con la imaginación y son capaces de contarte los grandes festines que se daban anualmente en Joël Robuchon. Aunque no sabrían especificar de qué color eran las paredes o los manteles del restaurante.

Seguir el juego

A esos cuentistas hay que seguirles el juego, aderezando cada plato con sal, pimienta y fantasía: «Te acordarás del aceite de oliva virgen que empleaba Curnonsky para elaborar su antológico puré de patatas, su inmenso secreto nunca desvelado», y, de repente, te sorprenden con la marca; le echan ingenio.

Respeto, mucho respeto para todos estos soñadores gastronómicos. Los únicos que no merecen perdón son los pedantes, aquellos que, teniendo tiempo y dinero, están condenados por la madre naturaleza a comer siempre de oídas. Son loritos sin gracia. Se les caza enseguida, porque siempre repiten mensajes ajenos, que seguro con anterioridad había ojeado o escuchado a un personajillo renombrado y sin gusto que vende humo con etiqueta innovadora.

Están a la última gilipollez, y por ella pagan cinco veces más de lo que vale, sintiéndose importantes en su incapacidad de criterio. Son felices engullendo la grandilocuente mentira. En cuanto les tapan las etiquetas, nadan en el desierto.

Esos bebedores de oídas –proliferan más en el mundo del vino que en el de la cocina–, esos gourmet de pose, esos devoradores de los holas gastronómicos, a esos hay que reconocerles una inmensa ventaja: nunca tendrán que analizar. Tenía razón aquel cocinero; se come más de oído o por el ojo que por la boca. Cuestión de gustos. Perdón, cuestión de criterio. Comer, beber y charlar, cuestión de orden.


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