05-11-2002
Han pasado ya casi dos décadas desde que los primeros centros de acuicultura o cría de peces en cautividad empezaron a ofrecer sus productos al mercado, casi de una manera vergonzante. Eran pocos al principio los pescaderos y los restaurantes que se atrevían a decir abiertamente que sus lubinas o rodaballos estaban criados en granjas marinas. Sin embargo, la decisión de desarrollar este tipo de industria era la adecuada.
Las reservas del mar, que parecieron infinitas durante siglos, se estaban demostrando que eran limitadas y ya se empezaba a hablar de cuotas y períodos de veda para ciertas especies.
Las cosas han cambiado bastante desde entonces y es hora de hacer balance. España es uno de los países más ictiófagos. Con un consumo anual aproximado de millón y medio de toneladas, ocupa el segundo lugar en el mundo, después de Japón, entre los comedores de peces, y sus costas ya no dan para tanto. Los barcos de pesca cada vez tienen que desplazarse a mares más lejanos y disputados.
Lo mismo que sucedió en tiempos remotos, cuando los primeros pueblos sedentarios empezaron a jugar con la posibilidad de sustituir la caza por la ganadería, con resultados excelentes, parece que ha llegado la hora de convertirnos en pastores de peces.
La cría de pescados en cautividad es una vieja tradición mediterránea. Los romanos, que no eran amantes del mar ni de la pesca, empezaron a criar en viveros de agua dulce aquellas especies marinas que eran capaces de desarrollarse en este medio, como las lubinas, las doradas y las morenas. Columela, en su Tratado De Agricultura, explica minuciosamente métodos para construir las piscinas y la manera de alimentar a los inquilinos acuáticos.