¿Seguro que no le gusta?

20-09-2002

¿Seguro que no le gusta?

Todos conocemos a alguien así: ante un plato que no ha probado nunca, que no está en su subconsciente gastronómico, jamás reconoce de entrada que es la primera vez que se lo ponen delante, sino que lo rechaza apelando a la menos gastronómica de las razones: "no me gusta".

Quien así actúa no es, ni probablemente lo será nunca salvo que dé con su propio camino de Damasco, un gastrónomo. Pero dirá que a él le gusta comer 'de todo' -de todo lo que conoce, claro- y que de comida entiende muchísimo. Por supuesto, la mejor opción para el gastrónomo, por definición poco amigo de discusiones vanas, es encogerse de hombros y olvidarse del tema... además de evitar a esa persona como compañero de mesa en lo sucesivo.

Pero es una lástima. Como lo es la actitud de quien define como 'mariconadas', con perdón, toda presentación novedosa de un plato conocido, toda innovación... Pero el ejemplar abunda.

En el fondo no es más que cuestión de cultura o, si ustedes lo prefieren, de educación. La educación en la mesa no consiste sólo en enseñar a los niños a no poner los codos sobre ella, a no masticar con la boca abierta y a usar correctamente los cubiertos. Por cierto: ¿ustedes se han fijado en cómo cogen el tenedor los niños en los anuncios de cosas teóricamente comestibles?

No. Educar en la mesa consiste, primero, en no crear prejuicios ante otras culturas gastronómicas. Lo que se come de niño marca mucho, para bien y para mal. Si el niño, al crecer, sale curioso, es fácil que lo arregle. Si no... mal lo tenemos.

Es muy bueno que cada cual ame la cocina de la tierra en la que nació o se crió; pobre de aquél, decía Eugeni d'Ors, que no conoce la cocina de su tierra. Pero el filósofo catalán añadía que era más digno de lástima quien sólo conocía esa cocina.

Porque el amor a la propia tierra no necesita afirmarse negando los valores de las demás. Alguna vez hemos dicho que la gastronomía es una suma, no una resta. Pues todavía hay gallegos que desprecian el gazpacho, porque les es ajeno, como hay andaluces a los que horroriza la posibilidad de comer grelos, por la misma razón. No nos metamos ya en berenjenales de cocinas exóticas, porque el panorama es aterrador... salvo, claro, que la tal cocina se ponga de moda.

Los prejuicios adquiridos en la infancia suelen durar mucho; a veces, toda la vida. Naturalmente, se curan viajando o, en su defecto, haciéndolo con la mente y, en nuestro caso, con el paladar. Yo recuerdo que, de adolescente, cuando me llevaban a comer de restaurante, si veía en la carta algo que no había probado nunca automáticamente lo pedía, para, por lo menos, saber si me gustaba o no. He de decir que, en la inmensa mayoría de los casos, me gustaba; y así me fui haciendo un paladar abierto.

Pero es que lo de ahora es peor, porque a los prejuicios inducidos por la familia hay que sumar las afinidades creadas por la publicidad, la TV... Hamburguesas, y precisamente hamburguesas de cadenas multinacionales -o sea: estadounidenses-, y pizzas encargadas por teléfono. Total: paladar bloqueado.

He de confesar que, por regla general, me incordian bastante los niños en los restaurantes, pero les entiendo: se cansan, están incómodos, no pueden estarse tanto tiempo quietos... son niños, al fin y al cabo. Pero me encanta, hasta me emociona, ver a un chaval de diez o doce años capaz no sólo de comportarse, sino de pedir algo distinto a los clásicos spaghetti, croquetas, calamares fritos, filete empanado o pollo frito. Me dan ganas de levantarme y felicitar a sus padres.

Un 'gourmet' -y todos tenemos derecho a llegar a serlo- se hace, aun aceptando, que es mucho aceptar, que tener buen paladar pueda ser una cuestión genética. Y, como todas las cosas de esta vida, cuanto antes empiece a hacerse, mejor. Hoy se trata de enseñar a comer a los niños... pero me temo que no desde el punto de vista del placer gastronómico, sino desde el relativo a la correcta nutrición. Llamamos 'comer bien' a comer correctamente en sentido dietético, pero todos sabemos que 'comer bien' es algo más, algo en lo que entra la satisfacción.

Después de todo, Francisco Grande Cobián se cansó de decir que una nutrición correcta implica comer 'de todo'. Bien, pues se trata de ampliar ese 'de todo' nutricional a un 'de todo' que, para entendernos, llamaremos gastronómico.
Los prejuicios son, por definición, malos; no en balde la palabra se asemeja peligrosamente a 'perjuicios'. Quien es capaz de tener la mente abierta a otras cocinas la tendrá, casi con toda seguridad, a otras culturas, a otras etnias; podrá ser, de verdad, ciudadano del mundo.

Pero, al menos, cuando se enfrenten a una novedad culinaria, al menos a una novedad asumible, pruébenla. Sólo así estarán en condiciones de, la próxima vez, decir "es que no me gusta". Pero, en confianza: es mucho, pero que mucho más elegante, rechazar ese manjar indeseado con un "ya lo siento, pero es que eso me sienta como un tiro". Nadie le mirará mal, y encima generará la simpatía que suele inspirar la pachuchez ajena.


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