El timo de los novios

16-07-2002

El timo de los novios

Bogavante en lasaña con verduras a la vinagreta balsámica; rodaballo sobre compota de tomate fresco al perfume de albahaca; solomillo con salsa de vino tinto; cebolletas y zanahorias glaseadas; y macedonia de frutas exóticas con su coulis.

Sobre el papel, un menú importante del que íbamos a disfrutar en una reciente ceremonia nupcial: manjarosos nombres, cocina con entidad, estudiada disposición de platos, sabores convencionales rejuvenecidos graciosamente… Un ágape que prometía. Pero para los ilusos y para ese mundo que valora la fiesta con definiciones sacrosantas del tipo: «Nos pusimos ciegos» o «no sabes cuánta comida sobró».

Porque cualquier boda, salvo en contados establecimientos muy excepcionales, está sujeta al timo de los novios, uno de los más extendidos en la picaresca internacional. Primero, porque por el convite matrimonial cobran sustancialmente más –entre un 50 y un 100%– que a la carta por un buen servicio un día normal. Dos, porque la cantidad de comensales convierte al restaurante en una factoría en la que todo se prefabrica durante la semana y se monta a última hora; ello, con suerte. Tres, porque mientras el cliente no se haya ganado el respeto del vendedor de tartas nupciales, demostrando que sabe lo que quiere, negociando el menú, los géneros, las cocciones, los detalles y las nimiedades, será tratado numéricamente. Y si esto sucede en los restaurantes, cuando actúan los catering, lo más inteligente es fijarse en la ceremonia.

El bogavante disfrutó de una acogida unánime. Vestido de alta costura, aunque sin ninguna elegancia, no mereció nada más que el reproche de uno de los diez comensales de nuestra mesa, que lo tildó de canadiense, con lo que conlleva de vulgaridad. Por su parte, los alemanes y los finlandeses presentes elogiaban entusiásticamente las bondades de los mariscos que se comen por estos lares.


El rodaballo desapareció completamente en ocho de los diez platos: era de piscifactoría, con un repugnante regusto a pienso embarrado. Y salió el solomillo, tierno, sonrosado… y congelado, como no podía ser de otra manera. ¿Que cómo se conoce? Si está congelado, su sabor se aminora al paladearlo. Y, además, al corte, aunque esté rojo, escasamente hecho, pierde notoriamente los jugos, que no brotan y van a la vajilla.

Datos alarmantes

Los datos son alarmantes y nos plantean dudas irresolubles sobre el futuro gastronómico. ¿Sabía que más del 90% de doradas, rodaballos y lubinas que se venden en la restauración española han sido criadas y cebadas en cautiverio? ¿Sabía que tampoco baja de ese porcentaje el consumo de bogavantes estadounidenses o canadienses, los rojitos? ¿Sabía que prácticamente llega al 100% el servicio de solomillos congelados en comidas colectivas? ¿Y se ha planteado alguna vez cuántos viajeros de avión rechazan las horrendas bandejas del catering? ¿Realmente nos gusta lo que ponen? ¿Tan hambrientos estamos? ¿No sabemos decir que no a todo aquello que sea gratis?

Compre en el aeropuerto una bandeja de jamón si va a volar muchas horas. Mire al pescado silvestre, sea cual fuere, sardinas, chicharros… en vez de a los pollos marinos con mucho título y poca sustancia. Y no se fíe de las grandezas aparentes: bogavante, rodaballo, solomillo y frutas tropicales en zumo exótico enfrascado. Cuento y divertimento son dos palabras muy unidas al hecho de comer y beber.


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