Como a niños

21-05-2002

Como a niños

¿Qué se puede pensar de un libro cuyo prólogo esté dedicado a dictarnos las normas de su lectura? Podemos barajar varias hipótesis. Por ejemplo, que el autor cree encontrarse en un nivel de divinidad que resulta inaccesible para los mortales; evidente testimonio de vanidad. Otra, que no se sienta seguro de la nitidez de su mensaje; incontrovertible prueba de confuso bienintencionado.

Que quiera ser original resolviendo una ecuación matemática entre nombres y adjetivos; palpable muestra de literatura de fusión. Más, que piense que los niños tienen una ventaja sobre los mayores, y que éstos también se merecen el recreo; a jugar con la sopa de letras.

Está de moda el absurdo. Los cocineros ya no saben qué hacer para llamar la atención; y no se les ha ocurrido otra papanatada que decirnos cómo comer. Entendemos que hay casos excepcionales, plenamente justificados, donde el consejo es poco menos que obligado, toda vez que el comensal desconoce el modo de acceder a la materia: bola transparente de plástico que envuelve una yema con caviar, echalotes, vodka, pimienta y sal.

Por supuesto que, ante tanta dificultad, es justo y, sobre todo, necesario entregar un manual de instrucciones y un bisturí para que el cirujano ocasional opere sobre la mesa al cyber huevo. También asumimos la presencia del socorrista en momentos en que el cliente puede ahogarse con la llegada de una inesperada ola: raviolis y similares líquidos que explotan y, a veces, llegan a salpicar a la amiga o amigo con quien compartimos mesa. Todo sea por evitar el Cebralín.

Pero que un estudiante de hostelería salga repipi con la lección mal aprendida –«el chef sugiere que coman antes el helado caliente de amapolas que la sopa fría de pichón, por aquello de que no se vaya a deshacer»– es un exceso ridículo que demuestra una pésima disposición de los servicios y, sobre todo, el circo en el que se han convertido muchos restaurantes de alta cocina.

Complicaciones

«El jefe recomienda coger el ingrediente principal, partirlo con el cuchillo y tenedor, de tal manera, mojarle en la salsa, pasarle por la especias, montarle con la guarnición, degustarlo al ritmo de un vals y entre, mordisco y mordisco, paladeo y paladeo, dar un sorbito del chupito». La fórmula resultó tan complicada, que hubo que solicitar a la camarera que la pusiera en práctica y, muy educada, se quedó con las ganas de terminarla en la boca, que es como hubiese concluido cum laude su tesis doctoral.

Lo más grave de toda aquella explicación no era el desfile de enanitos en cuestión, sino que la teoría que exponía sin argumentos hacía trizas veintidós años de reflexión y comportamiento gastronómico: comer cada elemento por separado y alternarlos según intuiciones y apetencias para sacar conclusiones distintas. Todo juntito y a la boca: ¡Qué rico! ¿Qué es? Sí señor, una lección magistral.

¿No sería más inteligente dejar la obra acabada, perfectamente concluida y dar rienda suelta al gourmet, motivando la pluralidad de sensaciones y de visiones gastronómicas?

María a Pepito: «No comas las croquetas con los dedos, que pringas el mantel y es de mala educación».


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