Exquisita tradición

Exquisita tradición

La comida en el Morales es perfecta. Por más que uno busque rincones oscuros o recónditos reveses gastronómicos, en lo que a comida se refiere, el local se sitúa entre las diez referencias a tener en cuenta en la Región. Eso sí, no busque ni un resquicio de técnicas, giros o conceptos vanguardistas, porque no lo va a encontrar.
El local tiene un pequeña barra para que cuatro o cinco clientes piquen algo mientras esperan a que su mesa esté lista o para un aquí te pillo, aquí te mato. Aunque no se puede considerar que sea un restaurante de barra, todo lo contrario. Un elegante comedor y un servicio ágil y discreto redondean un restaurante que, ríase usted de la crisis, cierra los sábados por la noche y los domingos todo el día.
Mariscos y pescados en una vitrina reciben al comensal nada más entrar. En la carta encontramos unos aperitivos fríos como hueva de mújol, jamón, perdices de lechuga o quesos y unos entrantes calientes como la tortilla de cebolla, el panaché de verduras, las croquetas de ibérico y las verduras a la plancha . El surtido de pescados va desde la merluza, donde prima su cogote y sus cocochas, así como el lenguado, la lubina salvaje, el atún y el gallopedro. De carnes, aunque el cabrito en cuatro versiones distintas es el más demandado, el buey también ha encontrado su sitio.
Nada más sentarme, mientras echo un vistazo a la carta, la camarera me acerca unas olivas y un queso cremoso con tostadas para estar entretenido. En una cesta dispuestos, tres panes diferentes -de olivas, blanco e integral- para elegir. Casi al tiempo, comienzo mi menú degustación -los productos de temporada pueden cambiar algunos platos- con unos soldaditos de Pavía de bocado, crujientes y melosos.
Magníficos los chipirones en su tinta con habitas baby. El salteado de la sartén ha sido tan rápido y potente que el interior del calamar queda supertierno. Gran ejecución y mejor resultado.
El siguiente plato no lo encontraréis en la carta. La única opción que tenéis es caerle en gracia al propietario, Pedro Morales, para que busque, encuentre y no se las haga él para el almuerzo. Me refiero a las huevas frescas de gallopedro. Este manjar solo ha pasado por la plancha durante unos minutos y, con unas gotitas de limón, saboreo el profundo sabor del pescado mientras me recreo con la inigualable textura de las huevas. Todo un lujo.
Un buen plato de jamón cortado fino como el papel de fumar, con el que cambio del pan de olivas a las trencitas de pan blanco y una muestra de bonito salado con tomate, olivas 'partías' y rabanitos. De pescado hay cocochas de merluza y no me resisto a probarlas al pil pil. Cremosas, gelatinosas y un poco de cebollino picado. Creo que pido pan hasta tres veces para mojar en el aceite ligado con el pescado (por la noche cenaré verdurita).
El vino blanco cumple su función hasta este momento, pero es hora de probar la tan afamada pata de cabrito del restaurante Morales y el camarero me cambia el tercio por un afrutado y fresco vino tinto que tienen por copas. Me llama la atención la cantidad de caldito que saca la carne, pero ciertamente el bocado es delicioso. El juguito empapa las lascas de la pierna y las hace más jugosas. Las patatas al montón y los piñones redondean el plato.
Un canutillo de hojaldre relleno de crema pastelera un poco falto de azúcar, un tocino de cielo correcto y una tarta de turrón deliciosa cierran la experiencia gastronómica en un restaurante tradicional que se empeña en cuidar el producto y en donde solo podemos poner el pero en las aceiteras rellenables que lucen en la mesa. El resto, chapó.


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