Vintage, tres ambientes

Vintage, tres ambientes

SERGIO GALLEGO.
Acudir a un restaurante como Vintage, donde predomina la cocina de autor, con tres mocosos de 7, 10 y 11 años -Gisela, Ainoa y Mikel- es una experiencia que tenía pendiente desde hace algún tiempo. Me interesa la reacción ante platos más o menos sofisticados de pequeños comensales que reciben una buena educación gastronómica desde que comenzaron a masticar con los primeros dientes de leche.
Como ocurre en varios establecimientos de los que hemos visitado durante este año, la fachada del Vintage no hace justicia al interior del establecimiento. El local ofrece la posibilidad al comensal de comer en la cuidada zona de la barra, donde se ha creado un ambiente de gastrobar moderno e informal, pasar a la zona de los manteles de hilo en el luminoso y acogedor comedor o salir -solo por las noches- a la zona de la terraza, donde se encuentra una gigantesca parrilla para carne.
El primer hecho significativo de Vintage es que anteriormente se trataba de una tienda gourmet que ha sido transformada en un restaurante con tienda de vinos. De ahí que en el restaurante solo se cobre cinco euros por el descorche en cualquier botella que pidas.
El primer aperitivo que me sirven es un poquito de aceite de oliva virgen extra y un buen panecillo de pan, aunque la camarera no atina a decirme el tipo de oliva al que pertenece el jugo que está sirviendo.
Antes de que llegue el gazpacho de melón con una esferificación de frutos rojos a la mesa, los tres mini gourmets ya se han ventilado casi todo el pan sopando en el oro líquido. El gazpacho lo sirven intencionadamente sin cuchara, para que la canica que queda al fondo de la copa de cóctel caiga acompañada de una buena cantidad de sopa. Una sencilla combinación muy agradable por el sabor y por la explosión de la esferificación en la boca.
El siguiente plato es un tomate pelado, pasado por un almíbar con especias y asado al horno. Viene acompañado por unos trocitos de arenques desalados, guindillas picantes en agua-sal y mezclun de lechugas. El dulzor del tomate Daniela contrarresta con la salinidad del pescado. Otra vez la sencillez, la técnica y el sabor se anteponen a los giros imposibles. Los niños se chupan los dedos.
Unos rollitos orientales a base de verduras y confit de pato desmenuzado nos dan la posibilidad de comer con las manos. Aunque en el fondo del plato parece haber una especie de aceite de hierbas -rúcula, seguramente-, no vendría mal acompañar este plato con un poco de salsa de soja. Un poco de atún rojo en tataki, con sésamo, cebolla confitada y mahonesa de wasabi resulta ser un visto y no visto. Jugoso y fresco.
La calidad del pescado resalta a simple vista. Y, para terminar la procesión de entrantes, llega hasta la mesa una estupenda versión de alcachofas con foie fresco. Aparte de haber pasado por la plancha el hígado, ambos ingredientes están sumergidos en una salsa a base de naranja con piñones y ajetes tiernos. Que no os falte pan.
Una tapita del plato del día -guiso de patatas con carne con un caldo bien espesado- resulta ser lo menos aceptado por los infantes, quienes terminan dando buena cuenta del plato de cuchara a regañadientes.
Como plato principal, un filete de sargo acompañado con espaguetis de mar, verduras y trocitos de chicharrones. La carne del pescado está un poco seca por el exceso de cocción, por lo que una salsita ligera o un simple chorrito de aceite de oliva aportarían la jugosidad necesaria.
Los chicharrones tampoco aportan más que gomosidad al plato.
De postre probamos un muffin de chocolate con helado de fresa y una mousse de turrón y cacao, todo hecho en casa. La experiencia termina siendo todo un éxito. Comer en la playa en un restaurante inconformista en la cocina, con la clara intención de sorprender al comensal sin sacar los pies del tiesto; gustando a jóvenes y a niños bien educados.


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