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La Encarnación: para comer como un guiri

La Encarnación: para comer como un guiri

SERGIO GALLEGO.
Están todo el año disfrutando de su jubilación por las costas murcianas. Suelen ser educados, de piel rosada y de un sentido más práctico que estético a la hora de combinar las chanclas playeras con calcetines blancos de deporte. Pero, ¿qué comen los guiris?
¿Hamburguesas y paellas? La pregunta es demasiado genérica como para responderla con un simple listado de platos, por lo que esta semana me he adentrado en el restaurante La Encarnación, uno de los lugares más concurridos por los extranjeros que vienen del norte en busca de sol, playa y comida mediterránea en Los Alcázares.
Pegado al Mar Menor, la brisa en la terraza y los enormes y apacibles sillones de mimbre del comedor interior me resultan igual de apetecibles, pero como ya no necesito fumar entre plato y plato, me decanto por la tranquilidad y elegancia del interior. Las fotografías colgadas en las paredes de la sala, así como algunos detalles decorativos, parecen tener más o menos los mismos años que el magnífico edificio que fue construido a principios del siglo XIX. Muy curioso.
Un camarero uniformado con pajarita me ofrenda dos aperitivos de la casa; unas almendras marconas viejas -sin rastro de sal- y una tapita muy rica de un pisto de pescado, además de la correspondiente tarrina de mantequilla para untar en el pan.
En el establecimiento no existen las medias raciones, por lo que reduzco el número de entrantes que quiero probar.
El primer entrante caliente es un excelente pulpo a la parrilla acompañado por unos ajos tiernos y un puré de patata coronado por unas tiras de puerro frito. La verdad es que a los ajos tiernos les acompaña de maravilla casi cualquier ingrediente y, al pulpo, para qué contarte.
Menos atractivos resultan los chipirones rebozados con habitas baby y cebolla pochada. La baja temperatura en la cocción ha empapado en abundancia la harina del calamarcito de aceite, dejando el rebozado blando y poco agradable en la boca. El truco para hacer este tipo de frituras, como hemos comentado en alguna ocasión, es no introducir demasiados calamares para que la temperatura del aceite no baje.
Correctos se muestran los raviolis rellenos de micuit con setas, con un buen sabor al hígado del pato y una textura aceptable de la pasta. La salsita que decora el plato también ayuda en la melosidad.
Como platos principales, el camarero me ofrece el rodaballo con salsa de cava y el solomillo de ternera con foie. Los arroces, que también los tienen, no parecen ser el plato fuerte del restaurante.
Al aterrizar el pescado en la mesa, el olor de las salsas reducidas a base de natas y mantequillas me teletransporta hasta los años 90, cuando la alta cocina española napaba con estas salsas toda pieza de pescado y carne que caía en sus manos. Además, el punto del pescado está un poco pasado y la salsa con uvas blancas sin pepitas no termina de disimular la falta de jugosidad.
La carne es diferente. Aunque ambos platos vienen con una guarnición reseca y sin gracia, en el caso del solomillo, la ternura del producto hace disfrutar al comensal de cada uno de los bocados.
Antes de que llegue el postre, la marcha nupcial arranca en el hilo musical al tiempo que el camarero acerca un postre con una bengala a la mesa de al lado. Al parecer, la pareja de ingleses vecina de comedor cumple cincuenta años de casados.
De postre me sirven un surtido de dulces de la casa, en donde destacan unos estupendos profiteroles y un helado casero de fruta de la pasión, ideal para terminar con un punto ácido que limpie la boca y asiente la comida.
Mis vecinos de mesa también han pedido el solomillo y, tal y como imaginaba, salen encantados del local. Me pregunto qué pasará cuando los restaurantes costeros actualicen un poco la carta y den un paso en la calidad de sus recetas. Tendríamos turistas hasta en la sopa.


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