El Batel: comedor con vistas

El Batel: comedor con vistas

SERGIO GALLEGO.
Sin buscar cifras en la hemeroteca y a tenor de lo que he podido ver en mi visita al restaurante El Batel, que dirige el cocinero Pablo Martínez, sospecho que la inversión que han hecho las administraciones en el Auditorio y Palacio de Congresos Batel ha debido ser considerable.
Al estar situado en pleno puerto de Cartagena, el restaurante y, por consiguiente, el edificio, tiene unas vistas geniales, además de una decoración muy acorde con la cocina que le gusta al joven y experimentado chef encargado de este indispensable enclave gastronómico. El local ofrece tapas de autor y la opción de comer bien sentado en un moderno salón con carta y menú degustación, pero todo -cocina y sala- bajo un aire vanguardista.
El servicio comienza con dos aperitivos: una crema de morcilla con compota de manzana y piñones y un pastel de pescado con cebolla caramelizada y mahonesa de hongos. Los dos son una magnífica combinación de sabores salados y dulces. En el primero prima un sabor delicado de la morcilla y, en el segundo, la sutileza de los hongos queda perfectamente integrada con el pescado.
El primer entrante es un carpaccio de venado con foie y unas delicadas gotitas de queso azul, soja y miel que potencian claramente el sabor del hígado y de la carne. En este plato, el cocinero ha cuidado al máximo las cantidades de cada elemento para que cada bocado tenga la proporción justa de cada sabor. Para mí, sólo mejoraría el plato unos cristalitos de sal.
El siguiente entrante es un pulpo al horno espectacular. Llega acompañado por unas alcachofas rebozadas y cuatro aliolis -azafrán, pimienta, miel y pimiento de padrón-. Una casi inapreciable capa de mojo picón envuelve al terso, gelatinoso y delicado pulpo, haciendo del plato algo diferente, novedoso, pero no estrambótico.
La menestra de verduras es un verdadero homenaje a la huerta murciana y a los distintos tipos de texturas. Sobre una espuma espesa de salmorejo descansan unos trozos de coliflor, judías, habitas y dos buenos cuerpos pelados de gamba. Antes de empezar a comer, el camarero sirve una estupenda crema de espinacas que, a mi juicio, también lleva guisantes y otras verduras verdes. El contraste entre la espuma y la crema es deliciosa y el punto de cocción de las gambas, perfecto. Además, el plato llega a la mesa con una campana que retiene el humo de madera de haya. Vistoso, oloroso y sabroso.
El bogavante con verduritas es otro gran plato. El camarero sirve un jugo del propio bogavante en una cafetera y tapa el plato con una campana para que las verduritas adquieran un punto más de cocción. Tras un minuto, todo está perfecto para hincarle el diente, aunque la carne de bogavante parece haberse pasado un poco de cocción.
Festival de sabores
De carne, el menú tiene una increíble paletilla de cordero cocinada a 65º con un puré de berenjenas, mahonesa de rabanitos y boniato asado. Para mí, este plato es técnicamente prefecto, además de contener un festival de sabores dulces, ácidos, salados, grasos y cremosos. Un diez.
Especialmente sorprendentes resultan el estrudel de trompetillas de la muerte con helado de pimienta rosa y cremita de vainilla y una tierra de chocolate con compota de manzana y helado de moka que se encargan de terminar el menú. El primero de los postres es realmente asombroso.
El punto justo del dulce, las setas compactadas y el crujiente del hojaldre hacen que no puedas parar de comer. Este es uno de los platos que Pablo ha introducido para tantear a la clientela. El segundo, la tierra de chocolate, viene acompañada de un vino dulce de Oporto y la compota, el helado y el vino me resultan un tanto dulzones de más.
Quizá deberían restar al plato parte del azúcar que contiene la bebida. Un postre para golosos.
En esta ocasión ha sido el menú degustación con maridaje el protagonista, próximamente serán las tapas de autor las que definan el menú.


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