La Posada: guisos a bajo coste

La Posada: guisos a bajo coste

SERGIO GALLEGO.
El matrimonio que ha dado vida a La Posada comenzó su andadura culinaria hace un par de meses vendiendo coca-colas y bocadillos a los chavales que en los recreos venían en bandadas desde un cercano centro de estudios. Poco a poco, fueron adecuando la zona de un gran comedor, instalando una gran barbacoa, un menú diario por seis euros, un horno moruno y una barca para hacer sardinas en espeto. Ahora, imagino que para terminar -una vez puestos-, junto al nuevo salón comedor han habilitado una sala de fiesta para que aquellos comensales que quieran tomar copas puedan disfrutar de un ambiente más propio.

El comedor es parecido a una nave industrial reformada. Allí, más de una decena de tableros situados sobre dos patas de madera (Vamos, lo que se conoce como borriquetas) recuerdan aquellas entrañables comuniones de los que nacimos en los años 70. Los manteles, como no podía ser de otra forma, son de papel y, tras la barra, una imitación de tamaño considerable del 'Guernica' me recuerda aquella estrofa de Sabina en la que decía «igual que una Kawasaki en un cuadro del Greco».

La cocina de La Posada es tradicional y predomina la que se elabora en olla durante largos períodos de tiempo. El menú diario, por seis euros, incluye un plato caliente de guiso y unos almuerzos por 2,50 euros para la chavalería en los que no falta el refresco y un bocadillo.

Lo realmente destacable de este restaurante es la gran variedad de platos de olla que encontramos un miércoles cualquiera. Imagino que cuando afinen más con el número de comensales diarios, la variedad irá disminuyendo, aunque los propietarios tienen claro que el precio económico de los menús se puede mantener siempre que se visite el mercado diariamente y se compre el producto que más convenga por su calidad y por su precio.

Una buena ensalada de tomate raff, anchoas, bonito y cebolleta abre el camino hasta el cochinillo que encargué el día antes por teléfono. Como es lógico, al hacer los asados al horno moruno durante varias horas, es imprescindible avisar con tiempo.

La hueva y la mojama no están mal, pero tengo que apartar algunas almendras que las acompañan por estar más tostadas de lo normal. Ya sé que esto ocurre en muchos bares y restaurantes de la Región y que puede parecer un dato sin importancia, pero precisamente es en estos detalles donde un local destaca de otro.

El primer plato que pruebo son las migas que han hecho para el almuerzo. Van muy bien de tropezones, pero la masa cocinada aún desprende un ligero sabor a harina, por falta de cocción.

Consomé con limón
Al local aún le faltan ciertos detalles por mejorar, como aclimatar el salón a la temperatura idónea o solucionar el exceso de ruido. La gran puerta del salón permanece abierta durante toda la comida y el frío empieza a apoderarse de mis pies lentamente. Para remediarlo, nada mejor que el consomé que me sirven en un vaso de caña con una albóndiga de carne. Con un chorrito de limón, el sabor me 'teletransporta' a casa de mis padres. Muy reconfortante. Una rica lengua estofada y unas tiernas manitas de cerdo confirman la buena mano para los guisos caseros que hay en la cocina, aunque los platos llegan templados, no realmente calientes. También es significativo la utilización de vinos blancos en lugar de tintos en estofados como la ternera. Los deja más suaves.

Un gran sabor a leña en el arroz y conejo y en los tiernos asados de cordero y cochinillo (en la piel crujiente se aprecia de maravilla) finalizan con mi particular menú degustación, donde solo me ha faltado probar las sardinas en espeto cocinadas en la barca que han situado en la terraza. Pero para eso esperaré a las largas y cálidas noches de verano.
Un browni con natillas y un flan casero muy correcto finalizan mi experiencia en La Posada, donde la decoración, la cocina y los precios parecen haber retrocedido varios años en el tiempo.


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