Comidas de empresa

Comidas de empresa

Comida de empresa / LV

Muchos son los peligros que acechan en estas procelosas fechas navideñas. Uno corre el grave riesgo de encontrarse por la calle con una persona que dice conocerle del colegio, de la OJE o de un congreso de espiritismo al que nunca asistimos, y verse obligado a decir aquello de «¡ah, claro, hombre, cómo no voy a acordarme!» ocultando con una media sonrisa que uno no tiene ni repajolera idea.
Uno debe afrontar reuniones familiares en las que comparte mesa y mantel con individuos completamente desconocidos –y lo que es peor, con sus camadas– que resultan ser primos segundos, terceros, o incluso primos de Bilbao. Item más, nos vemos forzados a gastanos un fortunón en lotería para no hacerles un feo al tendero de la esquina, al novio de Lolita, a la tía Pancracia o al colega del trabajo –o al mismísimo jefe–, que en estas señaladas fechas todos nos asaltan.

Pero la trampa saducea por excelencia, el Rubicón de las Navidades, las Horcas Caudinas del Marry Christmas... es la comida de empresa. ¡Ay, amigos, cuan malévola institución, esta de la comida de empresa! Más se parece a una pista americana, a un campo minado o a una ruleta rusa que a una inocente celebración entre un grupo de compañeros de trabajo.

A la comida de empresa, por mucho que se intente evitar, se trasladan todas las tensiones, manías, envidias, recelos, enfrentamientos soterrados, celos profesionales, puñaladas traperas... que se viven día a día en el trabajo. Pero, encima, disfrazados bajo una falsa pátina de amistad y compañerismo más frágil que la moral de un concejal de urbanismo.

Por ende, los efluvios alcohólicos tan propios de estas cuchipandas evaporan inhibiciones, desmantelan prudencias y abren el tablacho a inconveniencias de las que después, atemperado el precoma etílico, nos arrepentiremos amargamente.

Disfrazadas por manteles y cristalería, en las comidas de empresa pareciera que las tensiones y distancias entre jefes y subordinados desaparecieran. Craso error, amigo mío si llega a ese convencimiento a la altura de los cafés. Cantar con los jefes el Asturias, patria queridaaaa-a no es una patente de corso.
Recuérdelo. Por su bien.


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