Afrodita

Afrodita

Todas las sociedades han depositado, con mayor o menor fortuna, propiedades afrodisíacas en detereminados alimentos, en unas ocasiones por asociación entre las formas de la comida y sus propiedades, en otras, por su condición de alimentos raros o exóticos.. Dejó escrito Juvenal: ¿Qué freno, cuando está ebria, siente/ Venus?. Pues no sabe qué diferencia existe/ entre la cara y la ingle aquel que / a altas horas de la noche grandes ostras muerde.

Claro que, para desmitificar, citaremos rápidamente a Luis García Berlanga: «Si una señora se puede poner especialmente amorosa y disponible tras una mariscada es por la calibración del poder adquisitivo de su partenaire, más que porque su líbido necesite de las sustancias secretas de las cigalas para excitarse». Sabiduría ancestral o vana ilusión, el caso es que mediante insólitos filtros mágicos o la apropiación de supuestas propiedades de sustancias naturales, las sociedades siempre han contado con sus propios afrodisíacos.

Todavía hoy, una de las motivaciones de la caza furtiva del rinoceronte que está dejando a la especie en vías de extinción, es la comerecialización de sus cuernos como potente afrodisiaco.

Dando otro salto en la historia, he aquí uno de los filtros mágicos que las hechiceras medievales preparaban para vencer el recato de su amada: «Pelos de axila y de pubis, uñas quemadas de gata, alas de murciélago y esencias de brezo y ajenjo». No lo intenten. Sé positivamente que ni en El Cortinglés encontrarían esos ingredientes. Más asequible para excitar nuestra imaginación puede ser la adquisición del libro del afamado actor y refinado cocinero Ugo Tonazzi «Afrodita en la cocina».

Pero por estas tierras tenemos algo mucho más a mano. Desde antiguo es sabido que las habichuelas despiertan las cosquillas de Eros. Cuéntase que en el siglo IV San Jerónimo prohibió el consumo de habichuelas en el convento de monjas que regía en Tierra Santa, ya que afirmaba que tan solo servían para llenar de lujuria a sus pupilas. Y qué decir de Nostradamus, que diagnosticó los poderes afrodisíacos de la naranja. Así que, como ven, si uno tiene la imaginación suficiente, hay afrodisíacos para todos los gustos y todos los bolsillos, a pesar de lo que dice Berlanga.


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