Varano rojo... de vergüenza

Varano rojo... de vergüenza

Estamos con el estío en todo lo suyo, lo que por estas tierras quiere decir que nos estamos socarrando. Cuerpos serranos –algunos incluso pata negra– y otros no tan serranos se lanzan al estriptís playero generalizado. Munificentes carnes, desbordantes mollas, michelines inmisericordes acechan crueles, y llegado es el momento de que Santa Bárbara truene y nos acordemos todos de esas tapitas del bar, estas parrilladas dominicales, aquellos guisos caseros que definitivamente nos han expulsado de la talla que usábamos el año anterior.
Y llega el llanto y crujir de dientes y nos acordamos de dietas absurdas y nos prometemos excesos físicos en un vano intento de reducir perímetros. Y pasa lo que pasa. Que hacemos muchas tonterías.
Llegamos a la playa. Ahí va ese cuarentón, el porte erguido, la mirada ardiente y el gesto pura mueca....del propio esfuerzo de esconder estómago. Déjase ver por las playas de moda, mimando un futuro cáncer de piel, con el Financial Times bajo el brazo, a pesar de que el inglés le parezca chino y crea que los warrants son chicas de moral distraída. Se ha aprendido un par de recetas sobre la paridad euro-dolar y se proclama ferviente admirador de Emilio Botín, aunque blasfeme y se encorajine cada vez que le llega la letra de la hipoteca.
Bebe agua mineral, a pesar de que lo que realmente le apetecería sería un cubata o un tinto de verano. Gafas de sol tipo chico Martini y reloj sumerjible a 400 metros (él, que no puede meter la cabeza debajo del agua sin que le asalte un espasmo nasal).
Y ahí va esa Maripili, víctima del desparrame mollar, estrangulada por el biquini, al borde de la asfixia cada vez que se levanta de la arena, por el esfuerzo de esconder tripa.
En el siglo de Oro, los hidalgos venidos a menos se esparcían migas de pan por la barba y salían a la calle con un palillo en la boca, para aparentar que habían comido, siendo así que sus estómagos estaban más tiesos que la mojama. Lo que son los tiempos de la opulencia. Ahora, el disimulo consiste en ocultar las consecuencias de los excesos en el yantar.
¡No intente disimular, hombre! Asuma sus mollas y será más feliz.


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