A máquina

A máquina

Máquina expendedora de aperitivos

Los antecedentes fueron aquellas enormes esferas de cristal llenas de bolas de chicles o caramelos. Uno metía unas perras gordas –¿se acuerdan?– giraba una llavecita en la base de la esfera y obtenía el preciado y dulce tesoro. Todo un ingenio de la automatización para lo que podríamos llamar primeras máquinas expendedoras.

El salto de la mecánica a la informática propició toda una revolución en el arte de vender productos al público de manera automática, sin intervención de intermediarios humanos. Y así aquella simpática llavecita dorada que abría o cerraba el paso a las bolas de chicle –abierto/cerrado; 0 /1: en definitiva una combinación binaria, verdadero antecedente de los bits– dio paso chips y transistores que se encargaban de darle a uno la cajetilla y las vueltas correspondientes.

Las máquinas de tabaco fueron las pioneras de este nuevo desarrollo de la venta automática, que los expertos llaman vending, y durante mucho tiempo no tuvieron competencia. Se fueron sofisticando tanto que acabaron hablándonos –«su tabaco, gracias»–.

Las siguientes maquinitas expendedoras fueron las de preservativos. En sus primeros tiempos tenían el atractivo de librarle a uno de la vergüenza de pedirlos en voz alta a la farmacéutica delante de la clientela, que en general, volvía torva la mirada.

Y por último, la explosión: máquinas expendedoras de refrescos, de cervezas, de bollería industrial, de café, de palomitas, de bocadillos fríos y calientes. Prácticamente cualquier cosa para llevarse a la boca puede ser obtenida ahora echando unas monedas a una informatizada máquina, que con la frialdad propia de su condición nos la servirá.

¿Cualquier cosa? Cualquier cosa perjudicial para la salud, podríamos decir. Aún no hemos visto máquinas expendedoras de frutas, o de vegetales, algo muy sencillo teniendo en cuenta el gran desarrollo alcanzado por los productos llamados de cuarta gama (vegetales limpios, envasados y listos para consumir).

El reputado endocrino y nutricionista Juan Madrid siempre reclama que las empresas instalen máquinas de este tipo, convencido de las bajas por enfermedad se reducirían sensiblemente.

Pues eso.


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