‘Jroña que jroña’

‘Jroña que jroña’

Una de las situaciones en las que nuestra capacidad de orientación espacial puede verse seriamente comprometida se produce cuando nos colocamos frente a los lineales de yogures en un supermercado. El estado de confusión al que nos puede conducir tal caleidoscopio de colores, tipos, compuestos, sabores y propiedades es total. Entero, semidesnatado, desnatado; aflanado, batido, líquido, afrutado, natural, saborizado; de éstos, con sabor a fresa, coco, piña, manzana, mango, ciruela, plátano, pera, macedonia... y lo que se imaginen. Enriquecidos con cereales o muesli, fibra, frutas desecadas, ciruelas pasas; con nata, queso, con bífidus activos (?).... Ya saben la clave es el tránsito intestinal, manera fina de decir... bueno, eso. Total una locura. El caso es que las bacterias Lactobacillus bulgaricus y Streptococcus thermophilus, responsables de la fermentación de la leche, ya eran conocidas por los antiguos tracios que vivían en el territorio de la Bulgaria moderna nada menos que desde 6000-7000 a. C. De ahí a los lineales del Mercadona o el cortinglés ha llovido lo suyo. Los primeros yogures fueron probablemente de fermentación espontánea, posiblemente por la acción de alguna bacteria del interior de las bolsas de piel de cabra usadas como recipientes de transporte. Que también había que tener necesidad para meterse eso al coleto, pero, en fin, cosa de bárbaros.
El caso es que son muy sanos. En un trabajo reciente de la Universidad de Harvard se demostró que las personas que comían yogur todos los días tendían a perder alrededor de medio kilogramo cada cuatro años. ¿La clave? Optar siempre por la versión regular y sin grasas. Jodé, cada cuatro años medio kilo... no llego, no llego.
Total, que ahora que el ministro Cañete ha dicho que los yogures no tienen fecha de caducidad, podemos decir con propiedad aquello de «jroña que jroña», que no quiere decir otra cosa de «años y años». Aunque no se, no se. Por si acaso, cuando vean que un yogur se dirige a ustedes, aunque sea amablemente, tírenlo.


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