Si hay una bebida cuya historia, leyenda, caudal de sugerencias y riqueza inconográfica sea comparable a la del champagne, esa es el vermut, o un su aplicación más glamourosa y cinematográfica, el Martini, su combinación con ginebra. Es dificil imaginar lo que pueda unir a Hipócrates (si, si, el del juramento) y Bond, James Bond. Pues ahora ya lo saben: el dry Martini. Y es que se cree que este médico del 460 a.d.C. pudo ser el inventor del vermut (con fines medicinales, claro). Este brebaje no es sino un vino blanco macerado, aromatizado con hierbas y endulzado con mistelas y almíbar. Entre las hierbas, se incluyen el ajenjo, el hisopo, los clavos del giroflé, el coriandro, la quina, el enebro y las cortezas de naranja.
En cuanto a la famosa frase del contemporáneo personaje cinematográfico –«mezclado, no agitado»– no es una manifestación más del esnobismo característico del agente 007: el resultado de remover suavemente con una varilla la mezcla de vermut y ginebra y agitarla en una coctelera es muy distinto, ya que el hielo contenido en la coctelera, al sacudirlo, proporciona una textura muy diferente.
Y si el origen del vermut estuvo en la antigua Grecia, la del Martini hay quien lo sitúa en Holanda en el año 1500 para crear una bebida medicinal compuesta de enebro y el zumo de bayas destiladas, maceradas en aguardiente. La llamaron ‘ginebra’ y tuvo muy buena aceptación. Otras teorías lo ubican en Italia, donde se mezcló ginebra con vermú, e Inglaterra, donde dicen adoptó su nombre del rifle Martini & Henry propio del ejército británico, que proporcionaba un disparo seco, limpio y certero como el trago.
Así que, desde Hipócrates a James Bond pasando por la chica Martini hemos llegado a uno de los grandes placeres: ginebra seca, vermut seco, unas gotas de limón y una aceituna.
Y ya saben: mezclado, no agitado.
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