Son las cuatro de una indolente tarde de verano. 35 grados a la sombra. En la zona (un área turística con profusión de edificios de apartamentos) solo se oye el tenue rumor del calmado Mediterráneo y alguna despistada gaviota. Es la hora de la siesta y parece que, salvo una pareja de alemanes y un solitario pescador que prueba suerte en una orilla plagada de algas, todos los demás habitantes se dedican a la tan española costumbre de dormirla a la sombra. De pronto una explosión de música pseudobrasileña, procedente del equipo de música de un coche, rompe abruptamente el silencio. A un individuo (un padre de familia) no se le ha ocurrido otra cosa que poner el volumen a toda pastilla para marcarse unos pasos de baile con su hija pequeña. Pasados los primeros momentos de confusión, se empiezan a oír las primeras protestas. Tras unos momentos de indecisión, entra en el coche y baja el volumen. Todo parece indicar que se ha dado cuenta de su error y ha rectificado. ¡Ja! Mete a la niña en el coche, arranca, mientras, furibundo, espeta hacia las ventanas: «¡Irse a Madrid a dormir!» y desaparece quemando ruedas y dando, así, un magnífico ejemplo de civismo a su retoño.
Es decir, el susodicho individuo no solo considera que puede romper a golpe de decibelios la tranquilidad de los demás, dado que él es de aquí, y está aquí, y ésta es su casa; deduce también que la mayoría de los ocupantes de las viviendas de esa zona son de Madrid y, por fin, concluye que su condición foránea les inhabilita para protestar. Ya ese pensador universal, Miguel Gila, retrató muy gráficamente esa línea de pensamiento: «Si no aguantan una broma, que se vayan del pueblo». ¡Cómo le iría al turismo en esta región sin los madrileños, los catalanes, los vascos, los cántabros o los calagurritanos! Pues eso.
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