Es domingo. El ‘dies dominicus’, el día del Señor. Amanece más tarde que cualquier día –no por mucho tempranar amanece más madruga–. Usted está aún en la cama, en esa deliciosa semivigilia, refocilándose con el hecho de que no tiene que ir a trabajar, que el día, además de ser del Señor, es suyo. Craso error, amigo mío. Parece mentira que aún no haya aprendido.
Sus plácidas ensoñaciones son de pronto rotas en mil pedazos por una inusitada actividad higiénica en la casa. El sonido de la aspiradora le taladra hasta el hipotálamo y su silencio intermitente sólo sirve para que pueda llegar hasta usted una ruidosa manifestación de temprana excitación filial –¡joíos niños!–, de la desmedida afición radiofónica de la vecina, de decibélicas iniciativas comerciales –«¡La toalla de baño, señora, la toaaaalla de bañoooo!»– y/o de públicos ritos funerarios –«Se hace saber, a los vecinos de esta pedanía, que ha fallecido...».
Otras hercúleas pruebas deberá usted soportar. A la hora del desayuno dominical –supuestamente relajado, largo, placentero – seguirá sin ser capaz de untar la tostada sin que ésta se rompa, o se caiga por el lado de la mantequilla, por mor de un tal Murphy. Por supuesto, el café con leche, como siempre, estará demasiado frío o demasiado caliente. No repuesto aún de las quemaduras de tercer grado producidas por el mañanero brebaje, su cabeza se verá impelida a un ejercicio de microeconomía doméstica. Bernardito tiene una matiné con los amigos, y María Purificación proyecta acudir con sus amigas a un concierto de Jorge Sanz. Y todavía no son las 12: le quedan el aperitivo con los primos que han venido de Cuenca y la comida familiar, que se alargará en una sobremesa que le arruinará la siesta.
Domingo, domingo. Diabólico invento que se hizo necesario el día en que alguien decidió que la relación trabajo-ocio fuera de 6 a 1. Mala apuesta.
Limpiamos las piezas de secreto de la mayor parte de la grasa que los cubre y cortamos cada pieza en dos, de tal manera que tendremos ocho filetes. Las salpimentamos y reservamos. En una bandeja apta para introducirla en el horno colocamos las patatas ...
Escenario, la terraza del restaurante de un resort de golf, de esos que jalonan –para bien y para mal– algunas zonas de la región. Protagonistas, cuatro fornidos británicos de mediana edad, seguramente catapultados desde los brumosos aeropuertos londinenses, ...
Cocemos unas espinacas en el microondas al máximo de potencia 5 minutos . Las removemos y seguimos otros cuatro minutos. En un bol mezclamos bien un nuez de mantequilla líquida, 1 cucharada de harina, un chorrito de vino blanco y otro de nata líquida. ...