Uno no ha podido evitar sentirse acomplejado, intimidado incluso, cuando amigos, conocidos o compañeros de trabajo hacen exhibición o simplemente relatan sus viajes a lo largo y ancho de este mundo, que diría el Capitán Tan. No me estoy refiriendo ahora a esa especie de gota malaya en la que algún familiar indefectiblemente te atrapa a la vuelta de algún crucero o ‘viaje a sitio exótico con pulserita de todo gratis’ (¿gratis?. ¡ja!) consistente en una tóxica exposición de vídeos de su apasionante aventura. No. Esto ya es droga dura. Me refiero al concepto de viaje. Una idea exaltada en la literatura, en el cine o en la pintura, mitificada o mistificada como periplo imprescindible para el enriquecimiento personal.
No niego que conocer otros lugares, otros pueblos, otras culturas es, efectivamente, enriquecedor y que acaba configurando visiones del mundo y de la vida diferentes y recuerdos imborrables. El problema que le encuentro a lo de conocer otras latitudes es precisamente que, para eso, hay que ir , el camino (y no estoy hablando ahora de Monseñor Escrivá de Balaguer o de Miguel Delibes). Oye, que si hay que ir, se va, que decía el otro, pero ir por ir...
Dice la escritora estadounidense Fran Lewobitz que le encanta dar conferencias. Lo único que le molesta es tener que ir hasta el lugar donde debe pronunciarlas. Considera que la deberían pagar por ir, no por hablar. Es más, asegura que cada persona que sube a un avión debería recibir un cheque: «No me puedo creer que te cobren por esa experiencia», dice, y añade: «Muy pocas personas, aparte de los mineros, tienen un trabajo peor que viajar, y estoy alucinada por el número de gente que lo hace por diversión».
Pues eso, que si hay que viajar, se viaja, pero...
Limpiamos las piezas de secreto de la mayor parte de la grasa que los cubre y cortamos cada pieza en dos, de tal manera que tendremos ocho filetes. Las salpimentamos y reservamos. En una bandeja apta para introducirla en el horno colocamos las patatas ...
Escenario, la terraza del restaurante de un resort de golf, de esos que jalonan –para bien y para mal– algunas zonas de la región. Protagonistas, cuatro fornidos británicos de mediana edad, seguramente catapultados desde los brumosos aeropuertos londinenses, ...
Cocemos unas espinacas en el microondas al máximo de potencia 5 minutos . Las removemos y seguimos otros cuatro minutos. En un bol mezclamos bien un nuez de mantequilla líquida, 1 cucharada de harina, un chorrito de vino blanco y otro de nata líquida. ...