Dietas

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Dicen los eruditos que el origen de la dieta fue religioso o moral y lo vinculan a los pitagóricos, que la utilizaban como procedimiento de catarsis o purificación del cuerpo.

Es más adelante, con Hipócrates, cuando la diáitia se desprende de su simbología moralista y se con vierte en un corpus de reglas higiénicas, en un conjunto de hábitos que tienen por objeto la conservación de la salud.

Naturalmente, cuando Maripili, horrorizada por el desparrame mollar, se pone a dieta, no está precisamente pensando en Pitágoras –incluso si lo que se plantea es perder 7 pitagóricos kilos– ni mucho menos en Hipócrates, aunque, con toda probabilidad sí acabe por tener que visitar al médico si se le va la mano en la consunción de mondongos.

¡Cómo cambian los tiempos! Los preceptos hipocráticos de la diáitia se difundieron rápidamente por la antigua Grecia gracias al sofis ta Herodico de Selimbria. Hoy, la autoridad moral sobre la materia se deposita en la figura de cualquier descerebrado/a que haya dispuesto de unos minutos de televisión o haya escrito un libro. (En estos tiempos, escribir un libro es un acto económico, no necesariamente literario).

Y así, hay quien sigue la dieta de Rafaella Carra, quien asegura, sin asomo alguno de rubor, que todo lo que se ingiera antes de las ocho de la mañana, no engorda. O sea, que encima, hay que madrugar. Métase usted un chuletón de Avila de cuarto y mitad a las siete de la mañana y verá qué bien.

Otros suicidas siguen la llamada cura Waerland, que prescribe no tomar otra cosa que no sea agua fresca de manantial –a estas alturas de la civi lización, seguramente el adelgazamiento se produzca en el ejercicio físi co necesario para encontrar uno–, patatas, apio y semillas de lino –impo sible, han ardido todas–.

La dieta Lutz es mucho más permisiva: con tal de no comer hidrá tos de carbono, puede uno hincharse a lo demás. Unas buenas carrille ras, un asadito de lechal, un jugoso ternasco... Adelgazar, no creo que adelga ce, pero lo que disfruta uno...

Y el colmo son las dietas mentalistas: Imagínese delgado y ya está. Puede ser usted un morrosko de 120 kilos en canal, que se verá como una sílfide.

!Ay¡ Si Pitágoras levantara la cabeza, nos montaba un número.


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