El gordo y el flaco

El gordo y el flaco

La puritana y contradictoria sociedad estadounidense, portadora simulatáneamente de los síndromes de Peter Pan y John Wayne, se escandaliza con una campaña de publicidad del diseñador Kalvin Klein (pronunciese «cavi cla», así, como con desmayo), porque en ella aparecían anoréxcos adolescentes en provocativas escenas.

Naturalmente, no se escandaliza por la extrema y enfermiza delgadez de los modelos, que es lo realmente peligroso como prototipo de referencia para nuestros adolescentes, sino por las sensuales escenas de los anuncios.

Claro que hay que tener en cuenta que en el país de el gordo y el flaco, lo que preocupa es el gordo: sólo hay una zona en el mundo que iguale el índice de obesidad de la población estadounidense: la Región Murcia.

Total, que como siempre nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, la llegada del verano y el mínimo uso de vestimentas convierten las mollas que tan cuidadosamente hemos estado criando durante todo el año en una pesadilla y hacemos barbaridades para deshacernos de ellas. Y caemos como moscas en las dietas.
La dieta entendida como un método de salud e higiene, la diàitia (nada que ver con la de la Csínica Mayo, o con la dieta de lechuga y zanahoria cruda) aparece con Hipócrates –el del juramento– y su primer difusor fue el sofista Herodico de Selimbria. Pero, ojo: esta dieta era entendida como un régimen global de vida saludable que contemplaba cinco aspectos: la alimentación, los ejercicios físicos, la actividad profesional, las características del hábitat y la vida social del sujeto. Es decir, algo absolutamente razonable que nada tiene que ver con la dieta que hoy sigue un individuo que respira el contaminado aire de una ciudad, se fuma treinta cigarrillos al día y trabaja sentado ocho horas.

Tengamos la conciencia tranquila, una dieta como la hipocrática sólo a pueden seguir los ricos. Para nuestro consuelo, léase este Himno a la celulitis, de Enrique Serna:

«¡Oh encanto de la gorda / pierna de robustez elefantina / que en grasa se desborda! / ¡Oh majestad divina / del muslo rebozado en gelatina / adoratrices del esfuerzo nulo / que dejan las odiosas fatigas para el mulo / y comen todo lo que engorda el culo.»


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