Una de las opciones más recurridas cuando se presenta la ocasión de comer fuera de casa, o, simplemente, cuando nuestro frigorífico adquiere las características del desierto de Gobi, es un restaurante chino. Un peculiar establecimiento que puede estar regentado por un cantonés, un taiwanés, o un vecino de Torre Pacheco, y que siempre huele a salsa de soja. El establecimiento.
Curiosa historia, esto de los chinos (los restaurantes). Se pusieron de moda hace algo más de una década y su proliferación fue el banderín de enganche de una inmigración legal y de otro tipo de actividades menos confesables.
Recuerdo que en Madrid tenía debajo de mi casa uno de estos negocios: modesto, de a 600 pesetas el cubierto, que sólo se llenaba los fines de semana. Sin embargo, a eso de las cuatro de la madrugada, con sus puertas cerradas, era centro de reunión de individuos que aparcaban tal colección de coches de lujo que para sí querría el sultán de Brunei. Extraña hora para comer Chop suei.
De la misma forma que en la viña del señor, de todo hay en el arrozal de Ho Chi Min. O sea, que hay chinos y chinos. No olvidemos que a Deng Siao Ping se le atribuye la difusión de aquél proverbio chino que después hizo suyo ese adalid de la pragmática que fue Felipe González: "No importa que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace . Y gato por liebre es lo que hay que evitar que a uno le den.
¿Alguna vez se han preguntado por qué es tan dificil reconocer en un chino lo que se están comiendo?. Pues la cosa viene de Confucio, que en contra de la creencia generalizada, no fundó una religión ni elaboró corriente filosófica alguna: simplemente prescribió un código de conducta, de buenas costumbres.
Durante siglos, los chinos han considerado un acto de barbarie servir una pieza de carne entera, de modo que se reconociera al animal. "Nos sentamos a la mesa a comer, no a despedazar carroñas», reza otro proverbio chino. Esta recomendación determinó el tamaño de los pedazos de las viandas, que debían ser aptos para un solo bocado, y provocó la aparición del instrumento adecuado para llevárselo a la boca: los palillos.
Lo del arroz es un cuento chino. Se come con los dedos. Y si no, prueben a comerse un caldero con palillos.
Limpiamos las piezas de secreto de la mayor parte de la grasa que los cubre y cortamos cada pieza en dos, de tal manera que tendremos ocho filetes. Las salpimentamos y reservamos. En una bandeja apta para introducirla en el horno colocamos las patatas ...
Escenario, la terraza del restaurante de un resort de golf, de esos que jalonan –para bien y para mal– algunas zonas de la región. Protagonistas, cuatro fornidos británicos de mediana edad, seguramente catapultados desde los brumosos aeropuertos londinenses, ...
Cocemos unas espinacas en el microondas al máximo de potencia 5 minutos . Las removemos y seguimos otros cuatro minutos. En un bol mezclamos bien un nuez de mantequilla líquida, 1 cucharada de harina, un chorrito de vino blanco y otro de nata líquida. ...