Una de las peores desgracias que a uno le pueden acontecer cuando se dispone a disfrutar de una comida en un restaurante es que se siente cerca una señora (o señor, que también haylos) excesivamente perfumada. Al final, a uno le acaban sabiendo a Chanel nº 5 hasta las coles de Bruselas. Y si uno se acuerda de la historia, a lo mejor hasta se le quita hasta el hambre.
Porque en muchos momentos del devenir la vida cotidiana de los hombres los perfumes se han usado no tanto para oler bien, como para no oler demasiado mal. En realidad en esta consideración está el origen del perfume.
Como en tantos otros casos, la etimología nos pone sobre la pista. Perfume es una palabra compuesta de los vocablos latinos per y fumus, lo que ha de traducirse como «a través del humo», y remite a las dos funciones básicas que tenían los perfumes en los antiguos tiempos: la religiosa y la desodorante: permitían esconder el hedor de las carnes torrefactas en los sacrificios rituales de animales.
Más adelante, la función simbólica de la ofrenda pasó del animal sacrificado a los aromas del humo. Así, el incienso se separó de los perfumes y estos se desprendieron de su cualidad utilitaria adquiriendo funciones suntuarias. (No estoy yo muy seguro de esto. A saber los embriagadores aromas que se esconden muchas veces bajo la máscara de un Chanel nº 5).
El caso es que puestos de moda durante el imperio romano, a Nerón se le fue la mano con esto del perfume (es sabido que a Nerón se le fue la mano en muchas otras cosas, pero en ésta, también) y en el entierro de su esposa Popea, en el 65 a.d.C., llegó a perfumar a las decenas de mulas que formaban parte de cortejo fúnebre. Que aproveche.
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