Casi todos tenemos una relación especial con las castañas. Incluso en estas tórridas tierras murcianas, algunos recuerdos infantiles están indisolublemente unidos a ese olor del fruto asado vinculado a la Navidad, a esa reconfortante sensación de una castaña caliente en el puño cerrado, a esa imagen casi ancestral de la castañera vestida de riguroso negro. Tan de negro como el calvo ese que nos augura desde la pequeña pantalla felicidades sin cuento si jugamos a la lotería. Son dos imágenes soldadas a un tiempo, pero ¡qué tiempos tan diferentes!
Recuerdo que en una visita a mi tierra natal, Burgos, –2 bajo cero, el aliento helado, la nariz enrojecida, las manos entumecidas– me encontré con un puesto de castañas. Moderno, eso, si: madera de pino, cartel de la Concejalía de Turismo... Ávido de volver a sentir ese calor primigenio, casi uterino, me acerqué a comprar un cucurucho. La castañera no era una arrugada viejecita encorvada sobre el humo del asador. Un joven con gorra de beisbol colocada a lo Luis Enrique, me preguntó cuántas quería. Yo le repliqué que me daba igual, que lo que queria era revivir recuerdos de infancia. Ante su cara de perplejidad –si aquí sólo vendemos castañas, pensaría…– le pedí una docena.
Sentí de nuevo el nutricio calor en mi mano, el aroma que pintaba imágenes de hogar familiar... pero algo fallaba. Quien me había vendido las castañas era un ecuatoriano –¡en Burgos, a dos bajo cero! ... ¡castañas¡– De ahí que me mirara como si yo estuviera loco. Unas castañas son unas castañas. Comentando esta anécdota me enteré después de que la vieja castañera seguía viva, se había hecho millonaria y no había año que no se comprara dos o tres pisos. Tiempos modernos.
Limpiamos las piezas de secreto de la mayor parte de la grasa que los cubre y cortamos cada pieza en dos, de tal manera que tendremos ocho filetes. Las salpimentamos y reservamos. En una bandeja apta para introducirla en el horno colocamos las patatas ...
Escenario, la terraza del restaurante de un resort de golf, de esos que jalonan –para bien y para mal– algunas zonas de la región. Protagonistas, cuatro fornidos británicos de mediana edad, seguramente catapultados desde los brumosos aeropuertos londinenses, ...
Cocemos unas espinacas en el microondas al máximo de potencia 5 minutos . Las removemos y seguimos otros cuatro minutos. En un bol mezclamos bien un nuez de mantequilla líquida, 1 cucharada de harina, un chorrito de vino blanco y otro de nata líquida. ...