Hoteles

El laureado cartagenero Arturo Pérez-Reverte añora aquellos viejos hoteles «donde el eco de los pasos entre corredores, espejos y cuadros traían rumores de las vidas que llenaron sus habitaciones y salones». Qué bonito, que chic y que literario todo. Los hoteles siempre han sido un enclave sugerente para novelistas y guionistas cinematográficos. Porque en ellos se ha decidido el futuro de personas y países, se han firmado paces y se han desatado guerras. Testigos, es cierto, de las tribulaciones humanas, desde las más elevadas a las más epidérmicas.

Pero todo ello está bastante alejado de la experiencia del común de los mortales con los hoteles. El problema está en que, para la inmensa mayoría, un hotel es un mundo ignoto, desconocido, plagado de trampas y trucos que le hacen a uno sentirse fuera de sitio. El primer problema con el que uno se encuentra es que no sabe muy bien qué hacer con el tipo que le ha subido las maletas a la habitación. Y haga lo que haga, le dé o no propina, siempre se queda con la duda de si ha quedado ante el botones como un patán.

Una vez a solas en su habitación, le queda una ardua tarea por delante: discernir a qué luces corresponde cada interruptor; descubrir cuál es la puerta del baño y cuál la del armario; desentrañar el funcionamiento de la dichosa tarjeta electrónica; proceder a un profundo análisis de los mandos a distancia y los inumerables botones que adornan la estancia...un dolor de cabeza.

Dos horas después, puede usted dedicarse a investigar el procedimiento de apertura del minibar, a desesperarse intentando regular el climatizador e incluso a decidir qué cantidad de artículos de aseo personal que existen en el baño podrá llevarse a su casa sin que le recuerden como un compulsivo cleptómano.

El aguileño Paco Rabal renegaba de los modernos hoteles, y así lo dejó escrito: «Si al baño vas de noche / te metes en el armario / La almohada desconocida / con la que no haces apaño».


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