Si alguna vez decide sentar a su mesa a uno de esos vecinos de su casa de la playa, rubicundos y de piel alangostada, que se expresan en la lengua de Shakespeare –o sea, un inglés para entendernos–, prepare algo asado y pídale a uno de ellos que trinche la carne.
Aparte de asegurarse de que la pieza no acabará acuchillada, observará extraños fenómenos que transmutarán la faz de su invitado: una sonrisa beatífica se dibujará en su rostro, el blanco de sus ojos refulgirá y deberá estar atento por si da en levitar, cual en éxtasis místico.
No se preocupe. No son las consecuencias de una insolación, provocada por la imprudente conducta playera de los hijos de la Gran Bretaña. No. Es que usted acaba de hacerle el mayor honor que le puede hacer a un británico en la mesa: dejar que trinche la carne.
Estos curiosos individuos, capacer de comerse una tortilla francesa con salsa de menta, y de sobrevivir a base de té, bacon y emparedados, conservan, sin embargo, todo un ritual en torno a dos condumios: el pavo y el Roastbeaf, o Rosbif.
Tanto es así, que el ama de casa inglesa que necesita comprar un horno especificará al dependiente el tamaño del mismo en función del peso del pavo que puede caber en su interior. O sea: «Necesito un horno para un pavo de 25 libras», dice ella. Y el dependiente, naturalmente, la entiende. (No en vano, también suele ser inglés).
Más pompa y circunstancia le echan al asunto del Roastbeaf . Sé de un británico a quien, siendo ya mayor su ama de cría, cuando quería acentuar el parecido con su progenitor le decía: «trinchas la carne igual que tu padre». Y es que para los ingleses, esto de trinchar la carne tiene su intríngulis.
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