'La extracción del diente' de Gerrit Dou
La salud y la enfermedad entran por la boca, ya lo saben. Y una alimentación insana o una higiene bucal insana nos puede llevar a un lugar poco apetecible. A pesar de que en la actualidad el único daño que se puede sufrir en la visita al dentista sea el de nuestros bolsillos, muchas personas acuden a su consulta atenazados por un miedo cerval. Pues imagínense cómo era el asunto en la Europa medieval, por un poner.
En el siglo XIV los encargados del cuidado de la dentadura eran los llamados cirujanos barberos, que una misma cosa eran. Tanto perpetraban un corte de pelo como blanqueaban los dientes a base de aguafuerte o practicaban sangrías. En este último caso solían pedir al pobre desgraciado que apretara con fuerza un poste, para que se hincharan las venas y facilitar así la operación.
Este poste estaba pintado de rojo para disimular en lo posible las manchas de sangre. Solía colocarse, a modo de reclamo, en la entrada de la tienda, envuelto en las gasas blancas que se usaban para vendar los brazos de los sangrados. Al final, este poste blanco y rojo fue adoptado como símbolo del gremio de los barberos cirujanos. Más tarde, cuando los cirujanos y los barberos se convitieron en profesiones diferentes –para alivio de la humanidad– los barberos mantuvieron ese símbolo, que aún su puede ver en algunas viejas barberías de hoy.
Pues bien, era tal el terror que infundían estos barberos cirujanos, –comprensible, por otra parte– que grandes hombres y mujeres de la historia soportaron auténticos infiernos con tal de no pasar por sus manos. Isabel I de Inglaterra sólo accedió a la extracción cuando el obispo de Londres se ofreció para que le extrajeran una de sus muelas sanas en su presencia para demostrale que el dolor se podía soportar. Eso es lo que se dice estar al servicio de la reina.
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