Bostezos

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Bostezar en público sin taparse la boca, permitiendo que nuestros interlocutores nos vean por ella hasta los higadillos, es considerado en nuestros tiempos signo de poca urbanidad. Sin embargo, en origen, la costumbre de colocar la mano delante no tenía por objeto evitar la exhibición de caries, ni demostrar buena crianza. Antes bien, era un gesto provocado por el miedo a que, en una de esas descontroladas exhalaciones, el alma, es decir, la vida, se nos escapara del cuerpo.

Naturalmente, es inútil reflexionar acerca de la lógica de las costumbres nacidas de supersticiones o creencias religiosas, porque, la verdad es que el método de colocar la mano para evitar que el alma se nos fuera volando, no parece muy eficaz. Pero no debemos deducir por ello que nuestros antepasados eran unos ociosos que ocupaban su tiempo en inventar tonterías de este calibre.

En la antigüedad, la mortalidad infantil era muy alta. Y los médicos la relacionaban con el hecho de que los bebés bostezaban continuamente... sin taparse la boca. Los médicos llegaron a recomendar a las madres que se mantuvieran vigilantes durante los primeros meses de vida de sus hijos para hacerlo por ellos.

Pero hay más: cuando bostezamos, además de taparnos la boca solemos pronunciar una frase de excusa. Otra vez, un signo de buena educación con una motivación en sus orígenes muy diferente. El hombre antiguo pedía perdón cuando bostezaba porque estaba exponiendo a sus vecinos al contagio de enfermedades, en unas épocas en las que la población era devastada cada cierto tiempo por diversas epidemias. Había observado que la acción de bostezar era contagiosa para quien la presenciaba. Y dedujo que, si el bostezo era un riesgo para quien bostezaba, ese riesgo podía transmitirse también a los demás.

Así que, ya saben, aunque estemos convencidos de que cuando bostezamos el alma no se nos va a ir por la boca -todo lo más la fuerza, especialmente a algunos políticos y presidentes de equipos de fútbol-, ni vamos a exportar enfermedades sin cuento, sigamos tapándonosla. Sobre todo si acabamos de comernos una tosta de cabrales.

 

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