Un apreton de manos significaba tradicionalmente un reconocimiento mutuo y de buena voluntad
Darse un apretón de manos en nuestros tiempos ha acabado, por mor de su profusión por despojarse, prácticamente de contenido. Profusión a la que han contribuido, naturalmente, los políticos, ávidos estrechadores de manos, especialmente si hay fotógrafos cerca. Un gesto, sin embargo, que sigue siendo una importante fuente de información respecto de los demás.
Esos apretoncillos de mano blanda, gelatinosa y sudorante, estos otros, fríos y como al desgaire, aquellos tan electorales comno la doble imposición de manos.... Las tradiciones populares señalan un claro origen a este actual acto de cortesía. Cuando dos paisanos que no se conocían se encopntraban por esos caminos de Dios, echaban raudos la mano a la faca. Por si acaso, vaya. Tras unos segundos de estudio mutuo y una vez copmprobado que las intenciones estaban lejos de ser aviesas, enfundaban la filosa y mostraban su mano derecha –la del arma– como gesto de buena voluntad y de lo pacífico de su actitud.
Claro que lo que el folclore no explica es cómo se podía asegurar uno de que el enfunde del otro no era sino un amago, no hacer el canelo y evitar llevarse una cuchillada trapera, pero, en fin. El caso es que lo que pervivió fue el significado de reconocimiento mutuo y de buena voluntad. Con el tiempo, el gesto evolucionó de mostrar simplemente las manos derechas, a estrecharlas.
Esta es la razón que explica que el gesto sólo se ha realizado históricamente por los hombres. Las mujeres, que nunca han portado armas –al menos blancas, que de las armas de mujer no se protege uno con un simple apretón de manos,–no adoptaron nunca esa costumbre.
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