Estamos convenidos que esto de la comida rápida, la ‘fast food’, es un invento moderno, consecuencia de la trepidante actividad en la que nos hemos sumergido desde la Revolución Industrial. Creemos que ese perrito caliente chorreante de mostaza o esa hamburguesa precipitada con la que engañamos el hambre, tiene una corta historia. Pues no. La comida rápida no es ninguna innovación ni un ‘vicio’ de la sociedad actual; es tan antigua como que los romanos de clase baja que vivían en pisos compraban habitualmente sus raciones en quioscos de comida en la esquina de la calle. Además, desde la dinastía Tang (618-907), los chinos se aficionaron a la cocina rápida que se consume en la calle. Así que ya ven, esa imagen del estadounidense comiendo sentado en el banco de un parque, tan propia de las series de televisión, tiene unos precedentes milenarios.
Lo que sí es un invento relativamente reciente es la hamburguesa. A finales del siglo XIX se populariza en los menús de los restaurantes del puerto de Nueva York un plato que puede considerarse precursor de la hamburguesa: el ‘Hamburg stea’. Se trata de una especie de filete de carne de vacuno picada a mano. Es muy posible que los inmigrantes alemanes llevaran sus propias costumbres al nuevo mundo donde iban a vivir.
De todas formas, cuidado con la comida rápida, que las prisas son malas consejeras. En Indiana (EE UU) un establecimiento presentó sus disculpas a uno de sus clientes que encontró un dedo en uno de sus bocadillos. Uno de los responsables de la cocina se cortó y en la conmoción que se produjo para ayudarle nadie se dio cuenta de inmediato que había perdido parte del dedo. Mientras tanto, otro de los trabajadores sirvió la hamburguesa a un cliente, que de inmediato vio el pedazo de dedo. Esto sí que es comida basura.
Menos mal que no había pedido un perrito caliente.
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