Envases
Cuando usted compra una modesta caja de galletas o un simple tetrabrick de leche, está adquiriendo el último capítulo de la historia de la Humanidad toda. Como se lo cuento. Las trayectorias de la especie humana y del envase han corrido paralelas junto con los sucesivos avances tecnológicos.
En la prehistoria, el hombre estaba rodeado de envases naturales que protegían y cubrían a las frutas u otras clases de alimentos. Como ya empezaba a ser sapiens, aprendió a imitarlos, adaptándo los y mejorándolos según sus necesidades. En el año de 8.000 a. C se encuentran ya los primeros intentos formados por hierbas entrelazadas y vasijas de barro sin cocer. Griegos y Romanos utilizarían botas de tela y barriles de madera, así como botellas, tarros y urnas de barro cocidos. En 1700 se alcanza uno de los hitos de la historia de la Humanidad al lograrse envasar champagne en fuertes botellas y con apretados corchos. En 1800 se vende la primera mermelada en tarro de boca ancha y se utilizan los cartuchos de hojalata solda da a mano para alimentos secos.
Un caso curioso fue la creación, en 1500, del arte de l etiquetado de los venenos, un paso muy conveniente. Posteriormente, en 1890 aparece la primera botella de leche; se presenta la Coca-Cola en botellas, siguiendo pronto la Pepsi-Cola y en 1900 aparece el paquete de cartón de Kellogs en EE UU.
Preservar, contener, transportar, fueron las funciones originales del envase, que rápidamente se ampliaron a otras: informar, expresar, impactar. Funciones estas últimas propias del márketing que han obligado a la industria de la impresión a evolucionar buscando las tecnologías que permitieran imprimir sobre cualquier material del que pudiera estar hecho un envase.
¿Qué?, ¿tiene o no enjundia el tetrabrick de marras?. Claro que, en toda esta evolución hemos perdido algo. Uno se siente tentado de guardar una de esas cajas de hojalata en las que se envasaban antiguamente las galletas o el membrillo, pero no conozco a nadie que coleccione tetrabricks.
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