Hombres haciendo la compra / LV
Hace apenas dos décadas, la figura masculina en un mercado de abastos sólo podía verse mostrador adentro en los puestos. Un hombre haciendo la compra era un extraño espectáculo seguido con sorpresa y conmiseración a partes iguales. «¡Pobre hombre!», suspiraban a su paso las señoras, seguras de que su presencia en tal lugar era consecuencia obligada de alguna catástrofe en su vida. En aquel tiempo las tiendas, los mercados, eran lugares prácticamente unisex.
La sociedad fue evolucionando, la mujer fue ocupando espacios vedados hasta entonces para ella, las familias se fueron reduciendo en número y el paisanaje que circulaba entre puestos de verduras, pescaderías y pollerías fue cambiando y haciéndose heterogéneo. A los hombres que acudían a la compra ya no se les dejaba adelantarse en la cola: «pase usted que tendrá prisa», decía la María de turno, convencida que solo tenía derecho a tener prisa la mitad masculina de la humanidad.
Ahora, una familia numerosa es aquella que cuenta con tres hijos, la tipología familiar se ha ampliado, hay divorciados y divorciadas con y sin hijos, parejas hetero y homosexuales... pero sobre todo hay los que se llama singles: personas que viven solas. Y hay tantos ya que hasta tienen sus propias revistas, hay bares específicos para ellos, cuentan con sus propias páginas web y el mercado (no el de abastos, el otro) ya les considera como un target, un objetivo perfectamente delimitado y con un perfil de consumidor específico.
La compra, por tanto, ya no se hace sólo para una familia compuesta de dos cónyuges más los hijos. Se hace también por y para singles. Por eso empieza a proliferar una manera de presentar, elaborar y envasar productos de una determinada manera y en una cantidad adecuada para el nuevo perfil emergente de consumidor.
En fin, que de solterón o solterona hemos pasado a single, que como es inglés queda más fashion y se les puede vender más cosas.
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