La mayoría de las veces la atención del servicio es fundamental en el buen funcionamiento de un restaurante / LV
Dando por sentado que en los últimos años la cocina profesional en España ha adquirido niveles de calidad, innovación y originalidad únicos en el mundo, hay todavía una asignatura pendiente en nuestros restaurantes que contribuye a que el placer que obtiene el cliente (y que tan caro paga, por cierto) no sea redondo: la atención; algo imperdonable en un negocio que se realiza, precisamente, de cara al cliente.
Hay muchos restaurantes en los que la llegada de un cliente parece que molesta. Es imperdonable que en el momento en que un futuro comensal atraviesa la puerta de un establecimiento, no haya nadie que le de la bienvenida con una sonrisa. Todo lo contrario. Lo más normal es que uno se encuentre con un camarero ajetreado que cruza una mirada rápida para evitar que le preguntemos algo. Craso error. Nada hay más dañino para la imagen de un establecimiento que esa incómoda espera del cliente recién llegado, –actitud nervio sa, los ojos recorriendo el local–, hasta que alguien se digna a dirigirle la palabra. Después, es posible que coma muy bien, pero la impresión no será completa.
Otro error: que a uno le sirva más de un camarero. Uno quiere «su» camarero. El mismo durante toda la comida. No quiere tener que repetir un pedido al recién llegado. Se establece así una sutil relación en las dos o tres horas que dura la comida, una cierta confian za importante para la satisfacción del cliente y necesaria para la efi cacia del servicio.
Y una última cuestión, pero la peor. Los restaurantes son seguramente los únicos establecimientos en los que un desconocido se lleva nuestra tarjeta de crédito, que desaparece de nuestros ojos durante varios minutos. Parece mentira que a estas alturas de la revolución de las tecnologías de la información no exista un obliga do dispositivo inalámbrico que permita leer la tarjeta del cliente en la misma mesa y ante su vista.
Se supone que estos establecimientos se llamaron restaurantes en su origen (francés, claro) porque de ellos se salía con el cuerpo restaurado. Pues también el alma debe salir así, cuando la cartera merma.
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