El morteruelo, antiquísima versión manchega de los patés franceses, tiene parecidas interpretaciones. La que nos ocupa está elaborada con perdiz, liebre, hígado de cerdo, panceta, jamón, pan, aceite y especias, inspirada en una receta tradicional popular. Aunque se puede comer frío, es aconsejable calentarlo. La presencia y textura son propias de un paté con tropezones finamente picados. En el paladar, domina ligeramente el hígado de cerdo, mostrando fuerza y suculencia sin ningún exceso, muy equilibrado. Rusticismo refinado que envicia.
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